jueves, 5 de junio de 2014

¿Solitariamente popular o popularmente solitaria?

Desde pequeña me ha gustado estar sola. Por aquel entonces lo atribuía a mi alta popularidad que, por cierto, yo no buscaba pero "me seguía" allí, adónde iba.

Renegué de mi popularidad durante...casi toda mi vida. Ser extravertida, abierta y sociable tenía para mí un costo altísimo: todos parecían tener ciertas expectativas con respecto a  mi ser en este mundo, a mi estar, a mis desempeños. Al menos así era como yo lo percibía. Me auto-exigía para poder llegar a la talla que yo creía que los demás me asignaban (y a veces, así era...). Me obligaba a mí misma a ser "buena" en todo y con todos, a ser "ejemplar", según los requisitos de mis mayores, de mis pares, de mi cultura. 

Me puntuaba a mí misma en base a resultados medidos y otorgados por los demás. Ellos me ponían en el podio y me pedían "un campeonato más". Ese mismo puntaje, para mí, nunca era lo suficientemente alto. Yo sentía que la medalla de oro era el nivel más bajo de mi escala de logros. 

El precio que pagué por estar ubicada en ese lugar fue el de perderme a mí misma en la multitud.

Cuando el bullicio de esa multitud me ensordecía hasta ahogarme, me aislaba del mundo: disfrutaba en soledad de la música, de la lectura, me quedaba por largas horas en silencio, sin hacer contacto con el mundo exterior. ¡Y vaya que escuché música y leí libros!

Pero después de un largo rato (a veces días), sentía que la soledad me instalaba en un lugar de desamparo, de desamor y de la necesidad de que ahí afuera hubiese alguien que me viera para que yo, acá adentro, cobrara entidad.

Al final, también me perdía de mí estando sola...

Estuve casi toda mi vida perdida de mí. 

A medida que fui poniendo conciencia, amor, paciencia y confianza en mis días, en mí misma, noté que mi soledad no era siempre igual sino que tenía facetas múltiples y coloridas. 

Ahora sé que una de mis soledades es la física, la que ya mencioné, la que implica que no haya personas a mi alrededor. Disfruto de mis charlas conmigo o del silencio que obtengo con la certeza de que no será interrumpido desde el exterior; ese silencio que a veces revela a los gritos mis propios ruidos internos y en otros momentos me lleva a lugares de quietud, con conciencia plena de mí misma; a lugares de una paz derivada del placer de encontrarme. 

Otra de mis soledades implica reconocer que me gusta saberme sola. He descubierto dos cosas con esto: primero que puedo, que soy suficiente como persona, que tengo un mundo interior riquísimo de experiencias, sueños, pensamientos, sensaciones, emociones, recuerdos, sentimientos; segundo, que puedo no poder, que a veces necesito dejar esa soledad para salir a buscar a alguien que me dé una mano para ver el camino, para escuchar(me), facilitándome panoramas, incluso orientándome -aunque no dirigiéndome-.

A medida que me permití conocerme en esos lugares de soledad y, en mis propios tiempos, descubrí también que disfruto de ser extravertida, abierta y sociable...¡me encantan las personas! Es maravilloso conocerlas, darme la oportunidad de mostrarnos, de ofrecernos, de recibirnos.

En un momento, no sé cuándo, noté que mi manera de hablar había cambiado. Dejé la conjunción disyuntiva "o" para ocasiones puntuales y particulares y empecé a reemplazarla por la conjunción copulativa "y". De repente, iba sintiendo que soledad y popularidad convivían en mí pacíficamente, que no se excluían mutuamente sino que se complementaban.

Esto mismo me pasó con otras cualidades de mi existencia. ¡Aún me pasa!

Así, a mi propio paso, fui re-constituyéndome como individuo.

Al final de cuentas, "individuo" significa "que no se puede dividir"...

Hoy me siento bastante entera, ya no voy por el mundo siendo para cumplir las expectativas de nadie, al menos la mayor parte del tiempo. Trato de mostrarme de mi manera más genuina posible. Elijo que aquellos que me aprecien lo hagan por lo que ofrezco siendo quien soy, no por lo que ellos necesitan que yo ofrezca y sea. También elijo recibirlos por lo que ofrecen siendo quienes son, no por lo que yo creo necesitar de ellos.

Ahora siento que mi extraversión, mi apertura y mi sociabilidad son más honestas, con ellos y conmigo.
Y también busco y valoro de manera diferente mis momentos de soledad. Ahora siento que podemos comunicarnos con nuestras propias formas, sin exigirnos ser quienes no somos.

Reencontrarme en medio de la multitud me llevó gran parte de mi vida. Me siento feliz notando que aún me reencuentro, que transito lugares dentro de mí que me son novedosos, que ni siquiera sabía que estaban allí. Siento que mi extensión interna es infinita y me veo frente a eso con la frescura y la inocencia de mi niñez, permitiéndome la sorpresa permanente. Este tránsito no me es fácil pero percibo que es simple.

Voy permitiéndome y disfrutando del conocerme, con mis luces y mis sombras.
Me permito darme la bienvenida a esta que soy, inacabada, en crecimiento, por momentos incongruente, temerosa, valiente, novel, ignorante pero con experiencia.

También les doy la bienvenida a todas aquellas personas que tengan ganas de compartir su individualidad conmigo. Después de todo, descubrí que dos individuos enteros forman todo un nuevo universo.

Y desde pequeña, yo quiero ser astronauta...



Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

martes, 29 de abril de 2014

La inmortalidad no engendra sabiduría

Leo hoy por la mañana, muy temprano, en algún lugar por el que transito:

La inmortalidad no engendra sabiduría.
Sólo la mortalidad engendra madurez.

Madurez...plenitud vital, sazón de los frutos...el punto justo.

Me siento enredada tratando de descubrir dónde está la punta de este ovillo.
("¿Qué ovillo, Cyndi?" - "No sé...algo me llama...no detecto desde dónde ni hacia dónde...")

Creo tener conceptos con respecto a la inmortalidad, la mortalidad, la sabiduría y la madurez que han mutado a lo largo de esta vida mía y espero que sigan mutando.

Me gusta dejarme sorprender. Me gusta desafiarme. Me gusta reinventarme y estar cambiando la persona que soy a cada instante, lo más conscientemente posible. A veces lo logro, a veces no. Sé, sin embargo, que estoy siempre dispuesta a hacerlo.

La vida se me antoja efímera en este momento...

Parece fácil hablar de "vivir el presente", "estar enfocados en lo importante", "descubrir nuestra pasión". Al caminar sobre estos peldaños, me encuentro frente a la idea de "inmortalidad". ¿A ustedes les pasa en algún momento, que van por el suelo que pisan pensando que tienen "todo el tiempo del mundo" para hacer tal o cual cosa, para "ser" esto o aquello, para priorizar lo que en verdad es importante para cada uno de ustedes?

A mí sí. A mí me pasa. A veces.

Hoy es uno de esos días en los que no. Siento que el tiempo se escurre entre mis dedos, que lo que quiero hacer, lo que quiero ser, lo que quiero priorizar no puede seguir esperando.


Me siento madura. Hoy me siento mortal, porque me mortal.

Y también, según mi creencia, sé que soy inmortal. Al menos mi alma lo es.
Entonces me pregunto si ir madurando en la mortalidad no es una forma de ir engendrando sabiduría en mi inmortalidad.

El día en el distrito federal de la Argentina está plomizo, lloviznoso, húmedo. Yo lo siento pesado, apremiante, aplastante, estancador. Sí, sí, estancador. De algún modo sé que esta manera de sentir el estancamiento es también una forma de detenerme y contactar con la quietud que me une a la finitud de mi existencia, con la escucha de mi propia esencia que pide silencio para encontrar...¡la punta del ovillo!

Para mí, madurar es sinónimo de crecer. Crecer es sinónimo de estar viva. Estar viva es lo antagónico a la mortalidad. No muero si logro, a través de mi madurez, engendrar la sabiduría que me haga inmortal.

Trascender. Permanecer. Ser inolvidables.

Tengo la sensación que no necesito de grandes gestas heroicas para lograrlo. Basta con permitirme escuchar mi alma, esa que me guía hacia el desarrollo pleno de la potencia que está en mí esperando el momento, el lugar y la oportunidad para cursar su camino.

Mi camino.

Y con que, al menos una persona, recuerde que fui recorriendo mi existencia intentando llegar a ser
quien estoy destinada a ser.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

miércoles, 16 de abril de 2014

La pasión, la intensidad, el pecado y la culpa.

Tal vez sea porque mañana jueves comienza la Pascua Cristiana, tal vez porque ayer se festejó la Pascua Judía (Pésaj), tal vez por algunas conversaciones con personas allegadas en donde surgió el tema, tal vez porque en este estar reflexionándome algo de esto también se está moviendo, la pasión comenzó a rondar en mi mente, en mi cuerpo, en mi alma.

Me costó mucho tiempo reconocerme como una mujer apasionada e intensa. Esto lo escribo así, sin mayores detalles, porque la sola palabra creo que dispara multiplicidad de ideas, pensamientos, creencias, sugerencias, al menos en mí y para mí. Entonces decido recurrir al Diccionario de la Real Academia Española (22a. Edición) y encuentro esto:

pasión: (Del lat. passĭo, -ōnis, y este calco del gr. πάθος).
1. Acción de padecer (sentir física y corporalmente un daño, dolor, enfermedad, pena o castigo; soportar agravios, injurias, pesares; sufrir algo nocivo o desventajoso; dicho de una cosa: recibir daño). 2. por antonom. Pasión de Jesucristo.3. Lo contrario a la acción.
4. Estado pasivo en el sujeto.
5. Perturbación o afecto desordenado del ánimo.
6. Inclinación o preferencia muy vivaz de alguien a otra persona.
7. Apetito o afición vehemente a algo.
8. Sermón sobre los tormentos y muerte de Jesucristo, que se predica el Jueves y Viernes Santo.
9. Parte de cada uno de los cuatro Evangelios, que describe la Pasión de Cristo.
~ de ánimo.
1. Tristeza, depresión, abatimiento, desconsuelo.

Para mi sorpresa, la mayoría de las definiciones no se apegan a MI creencia de lo que es la pasión.
Cuando me digo "apasionada", me pienso más como una persona con aficiones, inclinaciones y preferencias vehementes a lo que elijo, a lo que me gusta, a quien elijo, a quien me gusta que suelen perturbarme o afectarme desordenadamente el ánimo.

Es decir, adhiero y me pienso con las acepciones 5; 6 y 7 del diccionario.

Pero ahora me siento impactada ante el resto de las definiciones del diccionario. Todo mi concepto de "pasión" se ve reformulado frente a la posibilidad de la pasividad, de la tristeza, de la depresión, del tormento, del desconsuelo, de lo contrario a la acción o, en tanto acción, a que sea de padecimiento. Sin embargo, cuando me remito a la Pasión de Cristo, todas estas otras acepciones cobran sentido...

Me quedo pensando en cómo asociamos hoy día muchos aspectos de la pasión según su intensidad, su duración y su dirección al pecado, al sufrimiento, a poder soportar agravios por experimentarla, a percibirla como algo nocivo y desventajoso, entre otras cosas.

"Dejarse arrastrar por la pasión" es casi caer en la desmoderación, en la inconciencia, en la injuria e incluso en la ruina moral. Podemos ponerle el calificativo que nos guste: pasión sexual, pasión deportiva, pasión religiosa, pasión "de multitudes". Ustedes eligen calificativo, intensidad, duración y dirección para saber cuándo pasamos de lo vivaz y vehemente de cualidades "aprobables" a lo sufriente, nocivo y letal. Calificamos. Juzgamos. Condenamos.

En esta era cibernética y de recetas que a veces parecen fáciles -aunque no simples- para superarnos a nosotros mismos, se nos incentiva a "hacer todo con pasión o no hacer nada", como si aquello a lo que nos abocamos y elegimos debe tener la cualidad de ser "apasionadamente" realizado sino estamos equivocando el rumbo o no estamos siendo "leales a nosotros mismos y nuestros sueños".

Estoy atorada en este punto en el que siento que ha llegado hasta mí un doble mensaje que me despierta un sentimiento de culpa por hacer las cosas "por placer". No sé si llegó así el mensaje o si yo lo entendí así -mucho más probablemente- pero navegar estas aguas tumultuosas a veces no me es tan "placentero".
 
 

Dos veces mencioné la palabra intensidad. Según el mismo diccionario, estoy hablando de un grado de fuerza y vehemencia con la que se manifiesta una cualidad, una expresión y mis afectos de ánimo.

Cosa curiosa: mi intensidad suele y solía serme devuelta por otras personas con calificativos de "superficial", "falsa", "exagerada". ¡Si supieran cómo duele ser intensa, sentir con esta vehemencia que expreso para poder quitar un poco de presión a "tanto" que pasa dentro de mí! Pero creo que esas personas no lo saben. No tienen por qué. ¡Ni siquiera yo misma sabía lo que signficaba ser intensa! Solamente vivía (y vivo) en esa intensidad.

A propósito, esto también refuerza mis ganas de salir a chequear en mis vínculos lo que cada quien cree, piensa, siente sobre lo que dice.

Como sea, hoy me quedo en este mar agitado de incertidumbre e impresición, de pasión e intensidad que  recibo en mí con los brazos abiertos en todas sus acepciones.

Mientras tanto, ¡JAG SAMEAJ y FELICES PASCUAS!

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados




jueves, 27 de marzo de 2014

La sabiduría canina o cómo permanecer con mis incertidumbres

El otro día, observando a un perro escarbar la tierra, me quedé pensando que parecía estar seguro de que iba a encontrar aquello que buscaba. Parecía saber que allí había algo escondido, algo que no veía pero olía, intuía, percibía. No sé si buscaba algo que él mismo había escondido allí o si era un algo enterrado por otro. Su afán y su persistencia me resultaron llamativas.

Lo veía concentrado en su actividad, con ahínco. El resto del mundo pasaba a su lado y él no le prestaba la más mínima atención. Mirándolo mover la cola, se me antojó que su comportamiento demostraba un cierto placer en la búsqueda, algo de excitación y, tal vez, un poco de ansiedad.

Yo necesitaba seguir mi camino y no llegué a saber si, finalmente, encontró lo que buscaba. Pero evoqué recuerdos de otros perros, de otras excavaciones, e imaginé posibles desenlaces:

- "si encuentra lo que busca", me dije, "tal vez tome eso con la boca, lo muerda, lo lama, lo olfatee, lo aprisione con las patas; salga corriendo moviendo la cola y lanzándolo al aire y juegue..."

- "¿y si lo que encuentra no es de su agrado o no es lo que estaba buscando? Mmm...tal vez lo observe, lo revise, opte por hacer algo de todo lo anterior o lo abandone y se aleje...."

- "tal vez, retome la búsqueda en otro lugar, unos metros más allá...O quizás, no la reanude para nada. Al menos no en ese momento, al menos no ahí."

- "¡Ah! Pero tal vez si sigue sin hallarlo continúe hurgando en el mismo lugar, cada vez más profundamente. Me lo imagino energizando su búsqueda: uff...acelera el ritmo de excavación, lo hace con más fueza y se esfuerza para ir más allá de ciertos límites que se le imponen, hasta cansarse."

- "Tal vez, sea lo que sea que halle, decida volver a enterrarlo."

De repente, me dí cuenta que muchas veces siento que hay algo dentro de mí que intuyo, percibo, huelo que está ahí, esperando a ser desenterrado.

Y me dí cuenta que mis reacciones suelen ser como las del perro: a veces feliz por encontrarlo, a veces decepcionada por lo hallado (¡porque busco con alguna expectativa!), a veces indiferente.

A veces hago un esfuerzo tan grande por hurgar y profundizar que me canso y no logro ver que ciertos límites están ahí mostrándome que, tal vez, ahora no sea el momento y éste no sea el lugar...

De a poco, voy aprendiendo de la sabiduría del perro. Voy validando mi propia sabiduría.

Veo que es posible volver a mi excavación en otro momento o "un poco más allá" en el terreno, que el acto de remover la tierra en sí mismo, puede ser placentero, excitante y de una ansiedad movilizadora de aspectos míos aún sin descubrir.

Que no por no hallar lo buscado, la búsqueda es en vano. Me queda el sabor de saber que tengo todo una inmensa geografía por recorrer, la de mi propia persona, llena de cosas por descubrir, plenas en matices, colores y sensaciones a mi disposición.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados





jueves, 20 de marzo de 2014

Amor, amor, amor...nació de tí, nació de mí...

Revisándome en mi estar en el mundo detecto una especie de saturación de mis sentidos y percepciones.

Como si la estática, la interferencia y el ruido blanco se hubieran apoderado de mí.

Mi visión, en la híper-estimulación del entorno, comienza a desenfocar.
"¿Desenfocar de qué o quién?", me pregunto.
"De mí, ¡claro!", me respondo.

Cuando logro detenerme unos instantes lo que hallo es silencio; una paz y un equilibrio internos que me conectan con lo que subyace. Y, súbitamente, me aparece la palabra "amor"...

Hoy, así como estoy, la palabra me remite a un concepto que se me antoja perturbadoramente trivializado, manoseado, aligerado, sobreanalizado. Mientras seguimos enviándonos corazones y "te quiero" por el muro de la red, por los mensajitos de aplicaciones telefónicas y/o por correo electrónico, cada vez nos cuesta más mirarnos a los ojos unos instantes, con mirada transparente e intensa para poder profesarnos el amor frente a frente. Hablo de las miradas que, como dicen los poetas, son los espejos del alma.

No es que voy en detrimento de los medios ni de las maneras que, en definitiva, acercan distancias geográficas y temporales tangibles, ayudándonos a estar en contacto. ¡Para nada! Para mí son tremendos aliados. Me han permitido entrar y permanecer en contacto con personas maravillosas y también me enseñaron a compartir mi corazón, mis emociones y mis pensamientos.

Sólo digo que por momentos extraño los abrazos, las miradas genuinas, el contacto cálido con las manos del otro que me recuerdan y me re-contactan con nuestra imperfecta y maravillosa Humanidad.

Me gusta afectar y ser afectada por el otro "en vivo y en directo", también.



Vuelvo a revisar mi sentir y mi experiencia en este exacto momento y me encuentro con el incalculable y valiosísimo tesoro de amar y ser amada.

¿Cómo es para mí amar y ser amada?

Como en un tobogán de agua de esos largos, lúdicos, espiralados y luminosos de los parques de entretenimientos, no puedo (¡ni quiero!) dejar de deslizarme en mis pensamientos y sensaciones para sentir las cualidades de estos amores en mi vida.

Hoy me siento libre.

En ese estado de libertad, encuentro que amo sin expectativas, sin demandas, sin condicionamientos. No re-quiero al otro que deje de ser quien es, que "cambie" para ser como a mí me gustaría que fuese.

Me gusta ser amada con esa misma libertad. Las manifestaciones mutuas de ese tipo de amor me resultan espontáneas y alineadas con quienes estamos siendo en el momento del encuentro, sea éste de la índole que sea: sexual, amistoso, filial, fraterno. A veces, irritados por haber sido demorados por el tránsito de la ciudad, a veces ocupados en nuestras tareas cotidianas, a veces cansados o con sueño, a veces exaltados y exultantes, con ganas de estar uno junto al otro todo el día, todo el tiempo, compartiendo hasta lo más pequeñito en lo cotidiano.

A veces uno en una punta, el otro en la otra, cada uno "en lo suyo", "en su mundo" compartiendo el espacio y el tiempo cronológico, pero no el "kairológico".

No digo que esto me resulte siempre sencillo. Estoy "desaprendiendo" una manera de amar que me fue indicada como la "correcta" y que me llegó por cultura, familia y sociedad.

En mi experiencia, lo que me permite ir resignificando mi historia de vivir el amor  es haber aprendido a amar y valorar mi propia libertad, mi necesidad de soledad, de espacio interior -y exterior-, de introspección, de esencia existencial, de enriquecimiento con lo que en verdad me gusta y disfruto íntimamente.

Pero muchas veces, lo que yo disfruto no incluye al otro ser amado. A él a veces lo aburren mis cosas, o no están dentro de su rango de intereses; y lo mismo me pasa a mí con él y algunos de sus intereses.

¿Significa esto que lo ame menos?  Definitivamente...NO.

Esto me lleva al siguiente envión en el tobogán: no necesito al otro para estar bien conmigo.
Al menos no todo el tiempo ni todas las veces... Así que, puedo entender que esa otra persona tampoco me necesite para estar bien consigo misma, ni todo el tiempo ni todas las veces.

Sigo en el envíon y veo cómo aparece el disfrute de hacer cosas que a mí me gustan, entendiendo que el otro puede no querer hacerlas conmigo porque...no le gustan, ¡así de sencillo!.
Y viceversa, por supuesto...

¿Cómo puedo yo pasarlo bien, o ese otro pasarlo bien si nos obligamos a compartir lo que no nos gusta?

Para ser honesta conmigo, cuando me permito hacer lo que me gusta, con quien me gusta, siento que crezco. Una persona que respeta mis espacios personales sabe que salgo enriquecida de esos espacios y puedo aportar algo nuevo y refrescante a nuestro vínculo cuando nos reencontramos.

Supongo que a esa persona le pasa algo parecido...(igual, para no suponer, me gusta preguntárselo).

Así pues, si hablo de mi pareja por ejemplo, que él salga con sus amigos, mire los partidos de fútbol, practique sus deportes favoritos, asista a seminarios de mecánica automotriz o a los eventos de una empresa, que dibuje, haga crucigramas, practique sus hobbies o se "tire" en el sofá a mirar la tele sin hablar es algo que creo comprender y gusto de respetar.

También me gusta y espero que él respete mis charlas y salidas con amigos, mis investigaciones astronómicas, mis lecturas de ensayos sobre Counseling, mi extraña afición por las palabras o mis momentos de profundo silencio.

Estamos juntos porque nos elegimos, nos respetamos, nos admiramos, nos damos el soporte para el crecimiento personal y nos amamos más allá de nuestras diferencias.

Estamos juntos porque, desde este lugar, nos sentamos a mediar qué cosas elegimos y/o necesitamos compartir. Estamos juntos porque nos escuchamos, nos potenciamos -en dupla o individualmente-.

Estamos juntos porque nos comunicamos, a veces con dificultad, pero siempre con la mejor intención de llegar el uno al otro en forma genuina.

Tenemos disensos, claro, y muchas veces no llegamos a un acuerdo. Pero sí respetamos y comprendemos que no somos iguales, que pensamos distinto y que, no por ello, nos amamos menos.

Por el contrario, ese disenso, en general, nos ayuda a reflexionarnos como individuos y como dupla, ya sea de pareja, de amigos, de hermanos, de colegas...

Estamos juntos porque sabemos que nos vamos modificando permanentemente y sabemos que elegirnos es algo cotidiano.

Estamos juntos porque sabemos que alguna vez podemos elegir ya no estarlo y esto no nos impide construir este presente desde el mejor lugar que podemos ahora.

El amor, para mí, no es un esfuerzo pero sí es una tarea, He descubierto que, a medida que me aprecio, me valoro, me acepto, me perdono, me asumo y me amo más como soy, más fluidamente aprecio, valoro, acepto, perdono, asumo y amo más al otro.

Helo aquí: "Ama a tu prójimo como a tí mismo". Dos mil años de una frase que parece seguir siendo motivo de debate, de ver cómo lograrla y de qué forma practicarla.

Todas las religiones, todas las espiritualidades hablan de lo mismo: el amor como único camino.

El amor del que yo hablo es el Amor que deseo experimentar, vibrar, sentir, vivir para mí y para los otros.

Es el Amor que me confirma que soy una persona completa, decidiendo compartir con otra persona completa la riqueza de nuestra vital Humanidad.

Es el Amor que me enriquece, enriqueciendo y siendo enriquecida.

Es el Amor que no se sacrifica hasta aniquilarse, sino que me duele a veces mientras crezco hasta sanar mi alma mientras recorro mi propio y sabio camino, deseando que el otro recorra su propio, sabio, sanante y saludable camino de vida.

Y cuando digo "Te amo"´, me gusta decirlo de manera plena, poniendo el corazón en cada letra, brindándome al otro abiertamente pero no olvidándome nunca de mí.

Porque ese "Te amo" también me lo dedico.

Me gustaría cerrar este paseo reflexivo dándoles las gracias por recorrerlo conmigo y ofreciéndoles un abrazo cibernético que anhela ser dado personalmente.



Hasta el próximo encuentro.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados







miércoles, 12 de marzo de 2014

Entropía: cuando no existen las direcciones, los sentidos ni el tiempo.

Algo dentro de mí está queriendo convertirse. Algo está transformándose.

Algo me golpea suave pero firme en el medio del pecho desde adentro, de vez en cuando.

Aunque lo hace frecuentemente en estos últimos dos o tres días, pidiendo que le abra la puerta (que yo me abra) para salir a explorar -y explorarse-. Parece que al salir, cobrará otra forma. O se re-formará. O se formará según su propio potencial, quién sabe... Pero por el momento, "algo" se siente bien siendo ese "algo" que es y que puede cambiar, mutar, convertirse, crecer y evolucionar en "algo" distinto a lo que es ahora en este preciso momento.

El im-pulso se convierte en palabra. Torpe, tal vez. Confusa y vaga, como el propio "Algo" que la motoriza. La palabra es pulso y el im-pulso salta al vacío, a la hoja en blanco que la excita y la intimida al mismo tiempo.

"Algo" comienza a latir fuerte en mí y se expande por todo mi cuerpo, sin un orden aparente o entendible para mi razón, pero con la consciencia de que el desorden tiene su propio sentido.

La creatividad pide pista pero se siente perdida...¿por dónde ir? ¿Cuál es el camino? ¿Cómo manifestarse?

Me dejo llevar por esta incertidumbre, esta latencia, esta potencia, este pulso.

 
Mi entorno contribuye, en su bullicio y sus gritos con mi confusión. En medio de este caos externo, mi im-pulso se asoma a la puerta que estoy abriéndole y siente miedo de salir, de manifestarse, de mostrarse. Siente que el afuera es amenazador. La creatividad siente una inicial sensación de destrucción.

Suspiro profundo y "algo" se retrae. Mi mente no logra enfocar. El pulso se im-pulsa y decide resurgir en otro momento.

¿Será, acaso, este escrito descriptivo y sin pretensiones, la nueva forma de "algo" en mí...?

Hoy es el día después. Sin embargo, hoy es el día en que todo comienza de "nuevo".

Hoy es la entropía manifestándose.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados




lunes, 6 de enero de 2014

Emergiendo...

Siento el dolor del futuro conocido...

Las cadenas se han roto.  Empiezo a moverme pero ya no soy el de antes incluso ahora, cuando soy más yo mismo que nunca.

Mis movimientos son lentos pero firmes.  Me yergo y miro hacia arriba.

Luz a través del agua. ¿Sol?  No, es demasiado brillante y cercano pero no cálido sino hirviente.

¡Fuego!

Braceo para emerger.  El rojo intenso se apodera del azul oscuro y lo convierte en un violeta brillante.  Intento atinar la salida, pero no puedo hallarla aún.  ¡Debo hacerlo!  He visto lo oculto, tengo más armas para la defensa ante las águilas que todavía esperan allí afuera...

Nadando diviso un rostro difuso sobre el agua y el fuego: el tuyo.  Distingo un gesto distinto de aquel que me convirtió en Prometeo y reparo en mi error: estás esperándome para recibirme y explicarme mi mundo.
 
¿Es que acaso has visto los rincones ocultos al cielo tal como yo los he visto?

Estoy asustado, lo que me espera fuera de esta inmersión es la realidad. La tuya.  La de ustedes.  La del mundo.
 
Comienzo a los manotazos. 
 
 
Finalmente mi cabeza asoma por sobre el agua.  El azul transformado en violeta brillante transformado en rojo se convierte en gris. 
 
Seguís allí, ausente de mí, presente en tu vida.  La lluvia cae sobre tu piel, que es tan distinta a la mía.
 
Piso suelo ¿firme?.  Mi cuerpo es agua, tierra y aire.  La lluvia es de cobre. Las gotas que caen desde las alturas se tornan verde al rozarme; será porque el cobre reacciona ante mi necesidad de sentir.  Mi piso es claro, cálido, distinto y se extiende hasta tus pies remotos, que se apoyan primero en un frío colchón de otros ratos ya caídos.
 
Te miro fijo y noto cómo la lluvia te cubre por completo.  Parece que llueve más intensamente en tu espacio.  Girás la cabeza hacia arriba y entrecerrás los ojos, deseando ver el sol que tu nube oculta.  ¿Lograrás verlo?
 
Mientras tanto, yo me muevo con soltura y liviandad.  La lluvia se transforma en una tormenta que me cubre de euforia, en una lluvia que me viste de recuerdos del presente, en un rocío que me cuenta tu historia sin mí.
 
Y vos frente a mí, mirando hacia arriba, bajo tu nube, buscándome...
 
Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados
 
 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Verdi, ¡qué te quiero, Verdi!

La noche estrellada corona la velada largamente esperada.

El Rosedal, en su esplendor, regala abundante fragancias de primavera. Una brisa suave y fresca mueve las gasas de las vestimentas femeninas y juega con los cabellos. Estamos en 1977, y la Orquesta Sinfónica del Teatro Colón se prepara para tocar Aída, de Verdi, en un escenario ubicado en medio del lago.

Yo, vestida de gala para mi corta edad, acompaño a la hija de una de las trompetas de la orquesta, por lo que tengo la ubicación privilegiada de las bambalinas del escenario. Estoy en medio de la vorágine de la preparación, de los nervios de los ejecutantes, de la tensión del silencio previo al inicio frente a un Rosedal repleto, todos mirándome a mí –bueno…¡así me siento!-.

Me ubico cerca de los timbales, gigantes, imponentes, guturales. El director golpea el atril tres veces, como en las películas y los dibujitos animados y entonces los instrumentos comienzan a vibrar al unísono, armoniosa y sincronizadamente. A medida que avanza la ópera ya no recuerdo dónde estoy ni cómo me llamo. Me imagino una esclava etíope que espera el triunfo del amor de su vida en la guerra.
 
Miro hacia el cielo, las estrellas dibujan el arco por donde marcho al compás del Triunfo. El corazón se me apretuja en el pecho, los tendones se me estrujan, la emoción se instala en la garganta hasta que me es imposible respirar y las lágrimas corren por mis mejillas de niña, mientras una sonrisa victoriosa se dibuja en mi cara, diciéndome que por fin logro el éxtasis al que estoy destinada.
 
No puedo dejar de llorar. Me siento torpe, porque el momento es tan feliz que me duele el pecho. La orquesta da los acordes finales y los timbales resuenan poderosos, avisando la culminación.

La gente se pone de pie y aplaude, aúlla, grita los bravos. Yo me siento una ejecutante más y me embriaga esa multitud que me mira, emocionada. Estoy orgullosa y sigo llorando. Me abrazo a mi amiga y juntas miramos a los músicos, de pie, saludando gentil y humildemente. Ya no estamos sobre el agua del lago, sino sobre las nubes del cielo. El universo todo es nuestro: de Verdi, de la orquesta, del público, de ella, de mí.

Un poco más de un par de horas bellas. Un instante sublime. El estallido y la felicidad.

Empiezo a bajar la rampa del escenario...empiezo a bajar del cielo.

Qué afortunada soy. Sé lo que sienten los ángeles.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

martes, 24 de septiembre de 2013

Kairós, Cronos y Caos...


Siento el dolor del futuro conocido atropellándome hasta dejarme tambaleando. La espesura se cierne sobre mí, mis ojos se entrecierran para ver mejor pero estoy ciego en medio de la niebla.

Cuando la bruma me envuelve, comienzo a dudar de mis sentidos. Estoy expuesto, solo, desnudo. Gira un tornado que me arrolla, pero sé que si extiendo los brazos rozaré otras pieles, otros cuerpos y entonces sabré que todo sigue ahí, un poco movido de lugar, pero rodeándome al fin.

Comienzo a los manotazos. Me muevo desesperado por alcanzar esa piel, por tocar ese cuerpo.

Pero... ¿dónde está?

Mis pies pisan un terreno pedregoso, árido, irregular. Las plantas se lastiman y sangran. Los vientos revuelven mi pelo y mi mente anida ideas apocalípticas. “No debo dejarme vencer.”  Voy ciego por este terreno, a tientas.

Comienzo a llamarte, a llamarlos. Mis labios se mueven pero no emito sonido alguno aunque yo me escucho fuerte y claro. No sé de dónde saco mis fuerzas para seguir, me siento tan cansado...

De repente, mis pies sienten el frío del agua, un agua que me cubre sin siquiera moverme de donde estoy. Los manotazos se convierten en brazadas y ya no siento el dolor de los pies. Me doy cuenta que no estoy apoyado sobre nada.

El agua me cubre por completo pero ¡puedo respirar! y mis ojos...mis ojos, ven.

Azul profundo. Desolación. Y la punta de mis dedos que no te alcanzan...

Me hundo. Miro hacia arriba y no siento ganas de salir. Vuelvo a abrir la boca y las palabras siguen sin querer salir.  Están mudas, como mi alma. (Necesito que vengan a buscarme.)

¿Dónde están? Peso mucho, siento mucho este azul profundo.

El tiempo se detiene. El tiempo...una sucesión de recuerdos que se entremezclan sin cesar: tu mirada, ellos, mis batallas, tus labios prometiéndome el mundo, mis ojos ciegos viendo todo lo inabarcable. Mi sangre se acompasa a ese tiempo. Cada célula me habla de mis cimientos y me grita que no permita que mi tiempo se detenga. Las células son un regimiento desesperado y disperso que intenta ponerme en movimiento, para no morir. Pero yo no percibo nada ahí afuera...

Estoy en la eternidad, desde hace milenios. La nada y el inicio, la creación y yo.

Pero sé que alguien más está aquí. ¿Dios? ¿Vos? Siento que todo está por comenzar, la secuencia de eventos que originan las cosas está produciéndose frente a mí, dentro de mí. 

El tiempo está por estallar. Desde afuera, una ola gigante de irremediable vastedad corre hacia mí: es el Caos, la vibración sensual de los elementos que se aman desenfrenadamente, generándolo todo. Al frente de ellos, comandándolos, un dios rugiente que se abalanza con mirada altiva, desafiante y victoriosa; me ve inerte y elige ser mi destino hasta la explosión: ¡Cronos decidió devorarme!


De pronto, algunos giran sobre sí y me ven. Se detienen estupefactos: no saben si soy una aparición del cielo o del infierno. Se paralizan, éstos con admiración, aquéllos con terror. Muchos intentan tocarme, sin importar lo que simbolice. Les atrae verse y desafiarse en una imagen diferente de aquel que los lidera y, no obstante, igual a ellos.

Hay esperanza en sus ojos. Conocen cosas pero no son conscientes de ellas. Aún así, yo soy el que está desnudo frente a ellos, reflejo y reflejado. Se acercan y se disputan quién se quedará conmigo para alimentarme, bañarme, mecerme, educarme o amaestrarme, para convertirme en lo que ellos creen que debo y puedo ser: uno más. ¿Cómo hago para decirles que ya he despegado, que mis pies no tienen suelo y mi cabeza no tiene cielo? ¿Que he visitado lugares que creí que no existían y aprendido dolorosa y pacientemente a gobernarme?

Estoy listo para esta espesura que comienza a disiparse. Comienzo a vestirme. Es satisfactorio estar de regreso, indica que por esta vez, he sobrevivido.

 
Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

lunes, 24 de junio de 2013

Margaritas para mí (Segundo cuento de "Íctico")


2.
... Azul profundo...

-          “¡Pero si lo único que pretendo es que seas un hombre!”
      -          “¿A costa de qué?”
      -          “De golpes... ¡así se hacen los hombres!”

Estoy tan cansado de los golpes, del frío, de las paredes...

-          “Sabés que estoy aquí, que siempre estuve y estaré.”
      -          “Lo siento…¡cuánto lo siento!”
      -          “Siempre lo sentiste así, amor mío, es tu naturaleza.”
      -          “¿Dónde está tu perfume, tu seda que me cobija, tu canción que es única para mí?”
       -          “Mi música está con vos desde el inicio de los tiempos porque sabía que la   ejecutarías mejor que yo. Mi perfume... mmm... respirá profundo... ¿lo hueles?  Te impregna.  Tu piel la exuda.  Mi seda es tu seda, la que te deja amar libremente,  como te enseñé hace ya mucho... tal como yo te amo.”

-          “¿Qué haré ahora?”
      -          “¿Qué harás?... ¡VIVIR!”

La punta de mis dedos no te alcanzan. Pero ya logro verte...
 
Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

martes, 18 de junio de 2013

Íctico

Hace unos años, inspirada en la obra musical de Quassia Amara (Carlos Espelt, músico de talento divino) escribí una serie de diez breves relatos que acompañaban sendos temas de su tercer álbum llamado "Íctico".

Hoy quiero comenzar a volcar esos relatos en este blog.

Carlos Espelt, te dedico esto muy especialmente, tal como te lo dediqué cuando vos, generosamente, me inspiraste con tu talento. Sé que no hago honor a la maravilla de tu obra, pero para mí es un trabajo amado. GRACIAS.


0.
ic·tus
1 : golpe o pulsación, especialmente del corazón
2 : ataque o convulsión repentina, especialmente en el stroke cardíaco


Ictio- (gr. Ichthys: pez)
Elemento prefijal que entra en la formación de palabras de significado pez.

1.
Siento el dolor del futuro conocido pero siempre inesperado atropellándome avasallante hasta dejarme tambaleando.  La espesura se cierne sobre mí, mis ojos se entrecierran para ver mejor, pero estoy ciego en medio de la niebla.

Cuando la bruma del dolor me envuelve, comienzo a dudar de mis sentidos.  Estoy expuesto, solo, desnudo.  Gira un tornado que me envuelve.  Pero sé que si extiendo los brazos rozaré otras pieles, otros cuerpos y entonces sabré que todo sigue ahí, un poco movido de lugar, pero rodeándome al fin.

Comienzo a los manotazos.  Me muevo desesperado por alcanzar esa piel, por tocar ese cuerpo.

Pero... ¿dónde está?

Mis pies pisan un terreno pedregoso, árido, irregular.  Las plantas comienzan a lastimarse y a sangrar.  Los vientos del torbellino revuelven mi pelo, mi mente anida ideas apocalípticas.  No debo dejarme vencer.  Voy ciego por ese terreno, a tientas.

Comienzo a llamarte, a llamarlos.  Mis labios se mueven, pero no emito sonido alguno.  Sin embargo, yo me escucho fuerte y claro.  No sé de dónde saco mis fuerzas para seguir... me siento tan cansado...

Repentinamente mis pies sienten el frío del agua, un agua que me cubre rápidamente sin siquiera moverme de donde estoy.  Los manotazos se convierten en brazadas, ya no siento el dolor de los pies... de hecho, ya no estoy apoyado sobre nada.

Se acelera mi respiración y el agua finalmente me cubre por completo.  Sin embargo puedo respirar, dificultosamente, asfixiante y mis ojos comienzan a ver.

Azul profundo.

Desolación.
...

La punta de mis dedos no te alcanzan.  Pero ya logro verte.

Me hundo rápidamente. Miro hacia arriba y no siento ganas de salir.  La pesadumbre, la herrumbre de mi alma no me deja.

Abro la boca pero las palabras ya no salen.  Enmudecí, como mi alma.

Debo guardar el oxígeno para sobrevivir.

Necesito que vengan a buscarme.

¿Dónde están?
...

Agua mecedora...

Estoy cansado... peso mucho, siento mucho.

Azul profundo...


Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados
 

 

martes, 19 de febrero de 2013

Copérnico o cómo practicar mi empatía

Un día como hoy, 19 de Febrero pero hace 540 años, nacía Nicolás Copérnico quien, según una teoría de la Época Moderna, infligió la primera de las tres heridas narcisistas a la Humanidad (de las otras dos se encargaron Darwin y Freud).

¿Qué de su teoría nos hirió tan profundamente?

Copérnico formuló la teoría heliocéntrica de nuestro Sistema Solar o, en otras palabras, postuló nada más y nada menos que la Tierra -con nosotros en ella- no era/mos el centro del Universo conocido hasta entonces.

Este matemático, astrónomo, físico y clérigo católico se atrevía a plantear la idea de que el Sol no giraba en torno nuestro, sino nosotros en torno a él.

Pasó más de medio ¡milenio! y aún lidiamos con nuestro egocentrismo. Hablamos de empatía, de ponernos en el lugar del prójimo pero seguimos encontrándonos con nuestras propias opiniones e intereses como faros inamovibles, únicos indicadores de la verdad -que por supuesto, poseemos nosotros-, como objetivos a ser impuestos sobre las opiniones e intereses de los otros. El sol, el mundo, el "resto" sigue girando a nuestro alrededor.

Y en esta posición de absolutismo perdemos la capacidad de escuchar activamente a quien está frente a nosotros; nos perdemos la riqueza de su punto de vista, la sutileza de su mirada y la experiencia de su propia verdad (¿¡Cómo!? ¿¡Es que acaso hay más de una verdad!?).

Sentimos que no somos escuchados, que no somos comprendidos, que no nos entienden.
Y nosotros no escuchamos, no comprendemos ni entendemos tampoco. 

Empezamos a gritarnos, no vaya a ser cosa que hablar suave y en tono bajo no perfore la coraza del otro y finalmente, no nos hagamos escuchar...

El grito desesperado que intenta acercarnos nos aleja más. Del otro y de nosotros mismos. Nos quedamos aislados, en un silencio pleno de palabras censuradas, atragantadas, agolpadas en nuestra garganta y nuestra alma.

Yo creo que dejar de ser el centro requiere valor para revisarnos en nuestras opiniones, creencias, conceptos y pre-conceptos; para reconocernos detrás de un cristal formado por nuestros juicios y pre-juicios; para elegir si queremos seguir con ese mismo cristal o modificarlo pero, por sobre todas las cosas, para recordar en todo momento que frente a mi cristal se para otra persona con su propio cristal. 

Parece que vos y yo nos vemos en forma transparente y directa, pero tenemos dos mundos enteros que atravesar hasta encontrarnos de la manera más honesta posible.

Como una aficionada eterna de la astronomía, descubrí a Copérnico y a su teoría cuando era todavía una niña que miraba con asombro hacia el cielo e intentaba hallarme en el Universo. Ahora, descubro al Copérnico que me recuerda mirar hacia adentro para hallarme en mi propio Universo, que también puede ser el tuyo...o no. 

Pero sospecho que nuestros Universos se unen en algún punto, tal vez en ese instante y lugar en el que vos y yo nos miramos a los ojos, nos contactamos despojados de nuestros egocentrismos y nos escuchamos con el corazón.

En ese instante y lugar en el que dejamos que el Sol sea el centro de nuestros mundos para que ilumine nuestro encuentro.









martes, 20 de noviembre de 2012

Una Masharah para Cyndi


Una Masharah* para Cyndi
* Máscara: Del italiano maschera, y este del árabe masẖarahobjeto de risa


Hacia finales de aquel caluroso verano abrí los ojos. Delante, un amanecer multicolor y la contrafigura de una cúpula de iglesia. Detrás, un cielo aún nocturno con una luna llena protectora iluminando...¡otra iglesia! Alguien definiría eso como “destino”. Yo no.

Miré hacia un lado y al otro y me di cuenta, desde aquel primer momento, que todo estaba allí, pero no todo era lo que parecía y que ese todo dependería de cómo mis ojos vieran. Pero me entregaron enseguidita una máscara llena de gestos, de palabras, de conductas. O al menos pensé que fue “enseguidita” porque cuando intento hacer memoria, eso ya estaba allí. No recuerdo otra cosa más que la primera máscara.

"Adaptable". "Versátil". "Diplomática". Esos fueron sólo algunos de los epítetos que utilizaron para describirme mientras iba creciendo. Hasta que en la adolescencia una amiga me dijo: “¡sos una careta!” y me rompió el corazón en dos. Luego sabría que se refería a que me acusaba de utilizar una máscara diferente según dónde estaba y con quién y a ella eso le parecía una aberración, una hipocresía, una falta a la verdad.

Me desorientó descubrir la multiplicidad de personas que había en mí: una analítica, otra emotiva, una sensible, otra fría, una intuitiva, otra racional, una empática, otra enigmática, una crítica, otra guía, a veces guiada. Y también reparé en la cantidad de máscaras que me habían sido dadas aquel día de finales de verano. ¡Y yo que pensé que era sólo una!

Tenía que elegir ponerme la de la adultez, "por la edad", me dije. Era seria, con objetivos sociales esperados y grandes logros demostrables. Estuve así un tiempo hasta que empecé a sentirme muy incómoda dentro de mí. En la intimidad me sacaba esa máscara pero otra aparecía debajo, y otra más debajo de esa.

¿Dónde estaba mi cara?

Me situé frente a un espejo y me fui arrancando las máscaras, una a una. Sorprendida ante la multitud de fascias, finalmente me enorgullecí de ser así. ¿Cómo sería jugar con todas esas caretas, con todos esos antifaces? (¡Ante-faz!). ¿Podría elegir conscientemente cuál ponerme y para qué? ¡Qué desafío tenía frente a mí!

Hacia la mitad de mi vida lo supe: todo aquello que estaba cuando abrí mis ojos por primera vez era muy distinto de lo que se me había enseñado. Enloquecí. Sentí que ninguna máscara me protegía. Todo a mi alrededor era absurdamente arbitrario y yo, yo era un dios omnisciente que todo lo veía, por vez primera. Sentí las formas primigenias, sentí las danzas moleculares de las cosas y cómo se formaban, vi la esencia. Y yo estaba vacía, de recuerdos, de datos, de máscaras. ¡Era libre! Había nacido de nuevo hacia la mitad de mi vida.

Pero me pregunté, ¿no sería esta visión una nueva máscara...?

Seguí el resto de mi vida luchando por conservar esa visión maravillosa que duró sólo segundos. Algunos me entendieron, otros no. Fue difícil intentar deshacerse de las máscaras. Aprendí que podía destruirlas pero que siempre construía nuevas. La multiplicidad, el aprehender a mirar, a pensar, a elegir fue llevándose mi tiempo. Me cuestioné mis dogmas, incluso los inventados. Decidí no estar conforme con lo que me decían, ser yo mismo, ser un individuo único. Y fui feliz. 

Entonces, cuando elegí cerrar definitivamente los ojos, lo hice en una bisagra temporal de finales de verano, con un cielo aún nocturno con una luna llena protectora frente a mí y un amanecer multicolor a mis espaldas. Sin iglesias y con un gran sentido de espiritualidad. Mi interior estaba lleno de opciones, de decisiones, de anécdotas, de palpitaciones, de sentimientos, de emociones, de críticas, de placer, de sufrimiento, de redención, de intuiciones ratificadas. 

Pero todo, todo, seguía allí afuera igualito a como cuando abrí mis ojos por primera vez.


Cyndi Viscellino Huergo
Borrador original del 02 de Julio de 2007



domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Boca-River / River-Boca?

Escribí esto el 7 de Mayo del año 2006. Lo encontré hace unas horas.
La semana pasada, el clásico Boca-River / River-Boca actualizó este editorial.

Parece que no importa qué equipo juega, dónde o cuál es el título que se disputa...
Ojalá empecemos a crecer en algún momento como personas y aprendamos a enriquecernos de las diferencias.


"pasión:  (Del lat., passio): 1. Acción de padecer | 2. Lo contrario a la acción | 3.  Estado pasivo del sujeto | 4. Cualquier perturbación o afecto desordenado del ánimo | 5. Apetito o afición vehemente a una cosa o a una persona | de ánimo: Tristeza, depresión, abatimiento, desconsuelo (Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española, Vigésima Primera Edición)
  
En un partido que los hinchas considerarán “histórico”, River Plate venció al Corinthians de Brasil, en Pacaembú, en su propia cancha, el 4 de mayo de 2006.

No era la final sino el partido que los clasificaba para cuartos de final de la Copa Libertadores.  Sin embargo la hazaña teñía de felicidad y justicia a los Millonarios: en nueve juegos que River tuvo en Brasil, había perdido ocho; Passarella, ex–técnico del Corinthians, les demostró cuánto se habían equivocado al despedirlo y el equipo rioplatense se quitaba el sabor amargo que el Corinthians les había dejado en el Monumental la semana anterior en un partido de resultado injusto, aunque a favor de River Plate.

Hasta aquí el fútbol, pasión de multitudes.  Un espectáculo que esperaron fanáticos de dos países para disfrutar, hacer fluir la adrenalina y gritar eufóricos hasta el paroxismo.

Pero la pasión del fútbol, esa acción de padecer y de apetito vehemente hacia algo, dejó su acepción de pasividad y se convirtió en violencia.  Los derrotados, que no perdían un territorio en conflicto, ni la lucha contra el hambre, ni los millones de dólares por la decisión de nacionalizar el gas en Bolivia sino sólo un partido en una competencia deportiva, decidieron “asediar” a los victoriosos.

La policía y los fans se enfrentaron en una batalla campal.  Los diarios hablaron de buena acción policial que logró contener la furia de las tribunas, de los gases lacrimógenos, de las bombas de estruendo, de los machetes esgrimidos.  El estado pasivo se convirtió en pasión de ánimo y la tristeza, el abatimiento y el desconsuelo ganaron por goleada.

Recuerdo, hace no tanto tiempo, cuando ir a cinchar por el equipo de fútbol al que adscribimos era una verdadera fiesta.  Cuando sufrir por un campeonato nos alegraba o deprimía unos cuántos días y nos daba material de conversación y discusión eternas para bares y encuentros con amigos.  Cuando se nos henchía el pecho con sólo mencionar nuestro equipo de fútbol sin temor a estar frente a un fanático del equipo rival, quien podía pegarnos un tiro sólo por ser rivales.

Benjamín Franklin dijo que "nunca ha habido una buena guerra ni una mala paz."   
¿Y si nos proponemos hacer de cada encuentro deportivo un lugar donde nuestras pasionessean demostradas con la vehemencia de nuestra afición y el respeto por la pasión de          nuestro colega “hincha” del bando contrario?
Un abrazo grande a todos."

viernes, 11 de marzo de 2011

Números

Hoy es un día de bellos números para mí.

Es 11 Marzo 11 y cumplo 44 años.

Dicen los estudiosos de los números que tanto el 11 como el 44 son números maestros. El 11 es el que identifica al Rey, el poder detrás del trono, el sanador espritual. El 2 potenciado. Hay dos "11" este día. ¿Será doblemente real, doblemente poderoso, doblemente sanador el augurio?

El 44 es la fuerza, el dinero, la responsabilidad, la vejez. Otra vez la fuerza pero acompañada de dinero y responsabilidad. Opto por pensar sobre la responsabilidad que acarrea tener mucho dinero...

¿Y la vejez? Para mí, la vejez es un estado mental. Aunque muchos dicen que "el cuerpo también envejece", yo creo que el cuerpo madura, se hace más y más experimentado en sus funciones. Se especializa: sabe con certeza qué es lo que le causa dolor y placer, qué lo satisface o no, qué necesita y qué es puro antojo. Si sabemos escucharlo, nos sostiene, nos cobija, nos protege...siempre. Tiene una increíble capacidad de resistencia; una extraordinaria sabiduría de autocuración. Nos mantiene maduros, pero no viejos, hasta que decidamos cambiarlo por uno nuevo (y no hablo de cirugías estéticas...).

El tema son nuestros pensamientos. ¿Tenemos pensamientos afirmantes de todo lo bueno de lo que disponemos o nos dedicamos a la queja, el agobio, el rencor, la furia, el sufrimiento y la minimización de nuestra maravillosa humanidad?

Así que...sí. Estoy muy feliz. Este once del tres del once, a mis cuarenta y cuatro años he comenzado el día con los seres que amo, he recibido maravillosas sorpresas, he sido mimada con esperado e inesperado afecto de personas que están en mi vida, algunas en formas más permanente otras, en forma más transitoria.

También he decidido que "año nuevo, vida nueva". No soy original, lo sé pero, ¿acaso importa cuando voy camino a ser "una nueva persona en una vieja vida"?

Me gusta celebrar la vida.  Me gusta celebrar mi vida. Me gusta cumplir años. Me gustan mucho mis 44 años.

Hoy para mí, es un día de perdón, de soltar, de dejar ir, de amar profundamente, de merecer.

A todos los que en algún momento han compartido alguno de mis días y a aquellos que todavía la comparten, gracias. POR TODO. Porque me ayudaron -y ayudan- a crecer.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, CYNDI!
Te amo.