miércoles, 2 de octubre de 2013

Verdi, ¡qué te quiero, Verdi!

La noche estrellada corona la velada largamente esperada.

El Rosedal, en su esplendor, regala abundante fragancias de primavera. Una brisa suave y fresca mueve las gasas de las vestimentas femeninas y juega con los cabellos. Estamos en 1977, y la Orquesta Sinfónica del Teatro Colón se prepara para tocar Aída, de Verdi, en un escenario ubicado en medio del lago.

Yo, vestida de gala para mi corta edad, acompaño a la hija de una de las trompetas de la orquesta, por lo que tengo la ubicación privilegiada de las bambalinas del escenario. Estoy en medio de la vorágine de la preparación, de los nervios de los ejecutantes, de la tensión del silencio previo al inicio frente a un Rosedal repleto, todos mirándome a mí –bueno…¡así me siento!-.

Me ubico cerca de los timbales, gigantes, imponentes, guturales. El director golpea el atril tres veces, como en las películas y los dibujitos animados y entonces los instrumentos comienzan a vibrar al unísono, armoniosa y sincronizadamente. A medida que avanza la ópera ya no recuerdo dónde estoy ni cómo me llamo. Me imagino una esclava etíope que espera el triunfo del amor de su vida en la guerra.
 
Miro hacia el cielo, las estrellas dibujan el arco por donde marcho al compás del Triunfo. El corazón se me apretuja en el pecho, los tendones se me estrujan, la emoción se instala en la garganta hasta que me es imposible respirar y las lágrimas corren por mis mejillas de niña, mientras una sonrisa victoriosa se dibuja en mi cara, diciéndome que por fin logro el éxtasis al que estoy destinada.
 
No puedo dejar de llorar. Me siento torpe, porque el momento es tan feliz que me duele el pecho. La orquesta da los acordes finales y los timbales resuenan poderosos, avisando la culminación.

La gente se pone de pie y aplaude, aúlla, grita los bravos. Yo me siento una ejecutante más y me embriaga esa multitud que me mira, emocionada. Estoy orgullosa y sigo llorando. Me abrazo a mi amiga y juntas miramos a los músicos, de pie, saludando gentil y humildemente. Ya no estamos sobre el agua del lago, sino sobre las nubes del cielo. El universo todo es nuestro: de Verdi, de la orquesta, del público, de ella, de mí.

Un poco más de un par de horas bellas. Un instante sublime. El estallido y la felicidad.

Empiezo a bajar la rampa del escenario...empiezo a bajar del cielo.

Qué afortunada soy. Sé lo que sienten los ángeles.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

martes, 24 de septiembre de 2013

Kairós, Cronos y Caos...


Siento el dolor del futuro conocido atropellándome hasta dejarme tambaleando. La espesura se cierne sobre mí, mis ojos se entrecierran para ver mejor pero estoy ciego en medio de la niebla.

Cuando la bruma me envuelve, comienzo a dudar de mis sentidos. Estoy expuesto, solo, desnudo. Gira un tornado que me arrolla, pero sé que si extiendo los brazos rozaré otras pieles, otros cuerpos y entonces sabré que todo sigue ahí, un poco movido de lugar, pero rodeándome al fin.

Comienzo a los manotazos. Me muevo desesperado por alcanzar esa piel, por tocar ese cuerpo.

Pero... ¿dónde está?

Mis pies pisan un terreno pedregoso, árido, irregular. Las plantas se lastiman y sangran. Los vientos revuelven mi pelo y mi mente anida ideas apocalípticas. “No debo dejarme vencer.”  Voy ciego por este terreno, a tientas.

Comienzo a llamarte, a llamarlos. Mis labios se mueven pero no emito sonido alguno aunque yo me escucho fuerte y claro. No sé de dónde saco mis fuerzas para seguir, me siento tan cansado...

De repente, mis pies sienten el frío del agua, un agua que me cubre sin siquiera moverme de donde estoy. Los manotazos se convierten en brazadas y ya no siento el dolor de los pies. Me doy cuenta que no estoy apoyado sobre nada.

El agua me cubre por completo pero ¡puedo respirar! y mis ojos...mis ojos, ven.

Azul profundo. Desolación. Y la punta de mis dedos que no te alcanzan...

Me hundo. Miro hacia arriba y no siento ganas de salir. Vuelvo a abrir la boca y las palabras siguen sin querer salir.  Están mudas, como mi alma. (Necesito que vengan a buscarme.)

¿Dónde están? Peso mucho, siento mucho este azul profundo.

El tiempo se detiene. El tiempo...una sucesión de recuerdos que se entremezclan sin cesar: tu mirada, ellos, mis batallas, tus labios prometiéndome el mundo, mis ojos ciegos viendo todo lo inabarcable. Mi sangre se acompasa a ese tiempo. Cada célula me habla de mis cimientos y me grita que no permita que mi tiempo se detenga. Las células son un regimiento desesperado y disperso que intenta ponerme en movimiento, para no morir. Pero yo no percibo nada ahí afuera...

Estoy en la eternidad, desde hace milenios. La nada y el inicio, la creación y yo.

Pero sé que alguien más está aquí. ¿Dios? ¿Vos? Siento que todo está por comenzar, la secuencia de eventos que originan las cosas está produciéndose frente a mí, dentro de mí. 

El tiempo está por estallar. Desde afuera, una ola gigante de irremediable vastedad corre hacia mí: es el Caos, la vibración sensual de los elementos que se aman desenfrenadamente, generándolo todo. Al frente de ellos, comandándolos, un dios rugiente que se abalanza con mirada altiva, desafiante y victoriosa; me ve inerte y elige ser mi destino hasta la explosión: ¡Cronos decidió devorarme!


De pronto, algunos giran sobre sí y me ven. Se detienen estupefactos: no saben si soy una aparición del cielo o del infierno. Se paralizan, éstos con admiración, aquéllos con terror. Muchos intentan tocarme, sin importar lo que simbolice. Les atrae verse y desafiarse en una imagen diferente de aquel que los lidera y, no obstante, igual a ellos.

Hay esperanza en sus ojos. Conocen cosas pero no son conscientes de ellas. Aún así, yo soy el que está desnudo frente a ellos, reflejo y reflejado. Se acercan y se disputan quién se quedará conmigo para alimentarme, bañarme, mecerme, educarme o amaestrarme, para convertirme en lo que ellos creen que debo y puedo ser: uno más. ¿Cómo hago para decirles que ya he despegado, que mis pies no tienen suelo y mi cabeza no tiene cielo? ¿Que he visitado lugares que creí que no existían y aprendido dolorosa y pacientemente a gobernarme?

Estoy listo para esta espesura que comienza a disiparse. Comienzo a vestirme. Es satisfactorio estar de regreso, indica que por esta vez, he sobrevivido.

 
Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

lunes, 24 de junio de 2013

Margaritas para mí (Segundo cuento de "Íctico")


2.
... Azul profundo...

-          “¡Pero si lo único que pretendo es que seas un hombre!”
      -          “¿A costa de qué?”
      -          “De golpes... ¡así se hacen los hombres!”

Estoy tan cansado de los golpes, del frío, de las paredes...

-          “Sabés que estoy aquí, que siempre estuve y estaré.”
      -          “Lo siento…¡cuánto lo siento!”
      -          “Siempre lo sentiste así, amor mío, es tu naturaleza.”
      -          “¿Dónde está tu perfume, tu seda que me cobija, tu canción que es única para mí?”
       -          “Mi música está con vos desde el inicio de los tiempos porque sabía que la   ejecutarías mejor que yo. Mi perfume... mmm... respirá profundo... ¿lo hueles?  Te impregna.  Tu piel la exuda.  Mi seda es tu seda, la que te deja amar libremente,  como te enseñé hace ya mucho... tal como yo te amo.”

-          “¿Qué haré ahora?”
      -          “¿Qué harás?... ¡VIVIR!”

La punta de mis dedos no te alcanzan. Pero ya logro verte...
 
Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

martes, 18 de junio de 2013

Íctico

Hace unos años, inspirada en la obra musical de Quassia Amara (Carlos Espelt, músico de talento divino) escribí una serie de diez breves relatos que acompañaban sendos temas de su tercer álbum llamado "Íctico".

Hoy quiero comenzar a volcar esos relatos en este blog.

Carlos Espelt, te dedico esto muy especialmente, tal como te lo dediqué cuando vos, generosamente, me inspiraste con tu talento. Sé que no hago honor a la maravilla de tu obra, pero para mí es un trabajo amado. GRACIAS.


0.
ic·tus
1 : golpe o pulsación, especialmente del corazón
2 : ataque o convulsión repentina, especialmente en el stroke cardíaco


Ictio- (gr. Ichthys: pez)
Elemento prefijal que entra en la formación de palabras de significado pez.

1.
Siento el dolor del futuro conocido pero siempre inesperado atropellándome avasallante hasta dejarme tambaleando.  La espesura se cierne sobre mí, mis ojos se entrecierran para ver mejor, pero estoy ciego en medio de la niebla.

Cuando la bruma del dolor me envuelve, comienzo a dudar de mis sentidos.  Estoy expuesto, solo, desnudo.  Gira un tornado que me envuelve.  Pero sé que si extiendo los brazos rozaré otras pieles, otros cuerpos y entonces sabré que todo sigue ahí, un poco movido de lugar, pero rodeándome al fin.

Comienzo a los manotazos.  Me muevo desesperado por alcanzar esa piel, por tocar ese cuerpo.

Pero... ¿dónde está?

Mis pies pisan un terreno pedregoso, árido, irregular.  Las plantas comienzan a lastimarse y a sangrar.  Los vientos del torbellino revuelven mi pelo, mi mente anida ideas apocalípticas.  No debo dejarme vencer.  Voy ciego por ese terreno, a tientas.

Comienzo a llamarte, a llamarlos.  Mis labios se mueven, pero no emito sonido alguno.  Sin embargo, yo me escucho fuerte y claro.  No sé de dónde saco mis fuerzas para seguir... me siento tan cansado...

Repentinamente mis pies sienten el frío del agua, un agua que me cubre rápidamente sin siquiera moverme de donde estoy.  Los manotazos se convierten en brazadas, ya no siento el dolor de los pies... de hecho, ya no estoy apoyado sobre nada.

Se acelera mi respiración y el agua finalmente me cubre por completo.  Sin embargo puedo respirar, dificultosamente, asfixiante y mis ojos comienzan a ver.

Azul profundo.

Desolación.
...

La punta de mis dedos no te alcanzan.  Pero ya logro verte.

Me hundo rápidamente. Miro hacia arriba y no siento ganas de salir.  La pesadumbre, la herrumbre de mi alma no me deja.

Abro la boca pero las palabras ya no salen.  Enmudecí, como mi alma.

Debo guardar el oxígeno para sobrevivir.

Necesito que vengan a buscarme.

¿Dónde están?
...

Agua mecedora...

Estoy cansado... peso mucho, siento mucho.

Azul profundo...


Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados
 

 

martes, 19 de febrero de 2013

Copérnico o cómo practicar mi empatía

Un día como hoy, 19 de Febrero pero hace 540 años, nacía Nicolás Copérnico quien, según una teoría de la Época Moderna, infligió la primera de las tres heridas narcisistas a la Humanidad (de las otras dos se encargaron Darwin y Freud).

¿Qué de su teoría nos hirió tan profundamente?

Copérnico formuló la teoría heliocéntrica de nuestro Sistema Solar o, en otras palabras, postuló nada más y nada menos que la Tierra -con nosotros en ella- no era/mos el centro del Universo conocido hasta entonces.

Este matemático, astrónomo, físico y clérigo católico se atrevía a plantear la idea de que el Sol no giraba en torno nuestro, sino nosotros en torno a él.

Pasó más de medio ¡milenio! y aún lidiamos con nuestro egocentrismo. Hablamos de empatía, de ponernos en el lugar del prójimo pero seguimos encontrándonos con nuestras propias opiniones e intereses como faros inamovibles, únicos indicadores de la verdad -que por supuesto, poseemos nosotros-, como objetivos a ser impuestos sobre las opiniones e intereses de los otros. El sol, el mundo, el "resto" sigue girando a nuestro alrededor.

Y en esta posición de absolutismo perdemos la capacidad de escuchar activamente a quien está frente a nosotros; nos perdemos la riqueza de su punto de vista, la sutileza de su mirada y la experiencia de su propia verdad (¿¡Cómo!? ¿¡Es que acaso hay más de una verdad!?).

Sentimos que no somos escuchados, que no somos comprendidos, que no nos entienden.
Y nosotros no escuchamos, no comprendemos ni entendemos tampoco. 

Empezamos a gritarnos, no vaya a ser cosa que hablar suave y en tono bajo no perfore la coraza del otro y finalmente, no nos hagamos escuchar...

El grito desesperado que intenta acercarnos nos aleja más. Del otro y de nosotros mismos. Nos quedamos aislados, en un silencio pleno de palabras censuradas, atragantadas, agolpadas en nuestra garganta y nuestra alma.

Yo creo que dejar de ser el centro requiere valor para revisarnos en nuestras opiniones, creencias, conceptos y pre-conceptos; para reconocernos detrás de un cristal formado por nuestros juicios y pre-juicios; para elegir si queremos seguir con ese mismo cristal o modificarlo pero, por sobre todas las cosas, para recordar en todo momento que frente a mi cristal se para otra persona con su propio cristal. 

Parece que vos y yo nos vemos en forma transparente y directa, pero tenemos dos mundos enteros que atravesar hasta encontrarnos de la manera más honesta posible.

Como una aficionada eterna de la astronomía, descubrí a Copérnico y a su teoría cuando era todavía una niña que miraba con asombro hacia el cielo e intentaba hallarme en el Universo. Ahora, descubro al Copérnico que me recuerda mirar hacia adentro para hallarme en mi propio Universo, que también puede ser el tuyo...o no. 

Pero sospecho que nuestros Universos se unen en algún punto, tal vez en ese instante y lugar en el que vos y yo nos miramos a los ojos, nos contactamos despojados de nuestros egocentrismos y nos escuchamos con el corazón.

En ese instante y lugar en el que dejamos que el Sol sea el centro de nuestros mundos para que ilumine nuestro encuentro.









martes, 20 de noviembre de 2012

Una Masharah para Cyndi


Una Masharah* para Cyndi
* Máscara: Del italiano maschera, y este del árabe masẖarahobjeto de risa


Hacia finales de aquel caluroso verano abrí los ojos. Delante, un amanecer multicolor y la contrafigura de una cúpula de iglesia. Detrás, un cielo aún nocturno con una luna llena protectora iluminando...¡otra iglesia! Alguien definiría eso como “destino”. Yo no.

Miré hacia un lado y al otro y me di cuenta, desde aquel primer momento, que todo estaba allí, pero no todo era lo que parecía y que ese todo dependería de cómo mis ojos vieran. Pero me entregaron enseguidita una máscara llena de gestos, de palabras, de conductas. O al menos pensé que fue “enseguidita” porque cuando intento hacer memoria, eso ya estaba allí. No recuerdo otra cosa más que la primera máscara.

"Adaptable". "Versátil". "Diplomática". Esos fueron sólo algunos de los epítetos que utilizaron para describirme mientras iba creciendo. Hasta que en la adolescencia una amiga me dijo: “¡sos una careta!” y me rompió el corazón en dos. Luego sabría que se refería a que me acusaba de utilizar una máscara diferente según dónde estaba y con quién y a ella eso le parecía una aberración, una hipocresía, una falta a la verdad.

Me desorientó descubrir la multiplicidad de personas que había en mí: una analítica, otra emotiva, una sensible, otra fría, una intuitiva, otra racional, una empática, otra enigmática, una crítica, otra guía, a veces guiada. Y también reparé en la cantidad de máscaras que me habían sido dadas aquel día de finales de verano. ¡Y yo que pensé que era sólo una!

Tenía que elegir ponerme la de la adultez, "por la edad", me dije. Era seria, con objetivos sociales esperados y grandes logros demostrables. Estuve así un tiempo hasta que empecé a sentirme muy incómoda dentro de mí. En la intimidad me sacaba esa máscara pero otra aparecía debajo, y otra más debajo de esa.

¿Dónde estaba mi cara?

Me situé frente a un espejo y me fui arrancando las máscaras, una a una. Sorprendida ante la multitud de fascias, finalmente me enorgullecí de ser así. ¿Cómo sería jugar con todas esas caretas, con todos esos antifaces? (¡Ante-faz!). ¿Podría elegir conscientemente cuál ponerme y para qué? ¡Qué desafío tenía frente a mí!

Hacia la mitad de mi vida lo supe: todo aquello que estaba cuando abrí mis ojos por primera vez era muy distinto de lo que se me había enseñado. Enloquecí. Sentí que ninguna máscara me protegía. Todo a mi alrededor era absurdamente arbitrario y yo, yo era un dios omnisciente que todo lo veía, por vez primera. Sentí las formas primigenias, sentí las danzas moleculares de las cosas y cómo se formaban, vi la esencia. Y yo estaba vacía, de recuerdos, de datos, de máscaras. ¡Era libre! Había nacido de nuevo hacia la mitad de mi vida.

Pero me pregunté, ¿no sería esta visión una nueva máscara...?

Seguí el resto de mi vida luchando por conservar esa visión maravillosa que duró sólo segundos. Algunos me entendieron, otros no. Fue difícil intentar deshacerse de las máscaras. Aprendí que podía destruirlas pero que siempre construía nuevas. La multiplicidad, el aprehender a mirar, a pensar, a elegir fue llevándose mi tiempo. Me cuestioné mis dogmas, incluso los inventados. Decidí no estar conforme con lo que me decían, ser yo mismo, ser un individuo único. Y fui feliz. 

Entonces, cuando elegí cerrar definitivamente los ojos, lo hice en una bisagra temporal de finales de verano, con un cielo aún nocturno con una luna llena protectora frente a mí y un amanecer multicolor a mis espaldas. Sin iglesias y con un gran sentido de espiritualidad. Mi interior estaba lleno de opciones, de decisiones, de anécdotas, de palpitaciones, de sentimientos, de emociones, de críticas, de placer, de sufrimiento, de redención, de intuiciones ratificadas. 

Pero todo, todo, seguía allí afuera igualito a como cuando abrí mis ojos por primera vez.


Cyndi Viscellino Huergo
Borrador original del 02 de Julio de 2007



domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Boca-River / River-Boca?

Escribí esto el 7 de Mayo del año 2006. Lo encontré hace unas horas.
La semana pasada, el clásico Boca-River / River-Boca actualizó este editorial.

Parece que no importa qué equipo juega, dónde o cuál es el título que se disputa...
Ojalá empecemos a crecer en algún momento como personas y aprendamos a enriquecernos de las diferencias.


"pasión:  (Del lat., passio): 1. Acción de padecer | 2. Lo contrario a la acción | 3.  Estado pasivo del sujeto | 4. Cualquier perturbación o afecto desordenado del ánimo | 5. Apetito o afición vehemente a una cosa o a una persona | de ánimo: Tristeza, depresión, abatimiento, desconsuelo (Diccionario de la Lengua Española, Real Academia Española, Vigésima Primera Edición)
  
En un partido que los hinchas considerarán “histórico”, River Plate venció al Corinthians de Brasil, en Pacaembú, en su propia cancha, el 4 de mayo de 2006.

No era la final sino el partido que los clasificaba para cuartos de final de la Copa Libertadores.  Sin embargo la hazaña teñía de felicidad y justicia a los Millonarios: en nueve juegos que River tuvo en Brasil, había perdido ocho; Passarella, ex–técnico del Corinthians, les demostró cuánto se habían equivocado al despedirlo y el equipo rioplatense se quitaba el sabor amargo que el Corinthians les había dejado en el Monumental la semana anterior en un partido de resultado injusto, aunque a favor de River Plate.

Hasta aquí el fútbol, pasión de multitudes.  Un espectáculo que esperaron fanáticos de dos países para disfrutar, hacer fluir la adrenalina y gritar eufóricos hasta el paroxismo.

Pero la pasión del fútbol, esa acción de padecer y de apetito vehemente hacia algo, dejó su acepción de pasividad y se convirtió en violencia.  Los derrotados, que no perdían un territorio en conflicto, ni la lucha contra el hambre, ni los millones de dólares por la decisión de nacionalizar el gas en Bolivia sino sólo un partido en una competencia deportiva, decidieron “asediar” a los victoriosos.

La policía y los fans se enfrentaron en una batalla campal.  Los diarios hablaron de buena acción policial que logró contener la furia de las tribunas, de los gases lacrimógenos, de las bombas de estruendo, de los machetes esgrimidos.  El estado pasivo se convirtió en pasión de ánimo y la tristeza, el abatimiento y el desconsuelo ganaron por goleada.

Recuerdo, hace no tanto tiempo, cuando ir a cinchar por el equipo de fútbol al que adscribimos era una verdadera fiesta.  Cuando sufrir por un campeonato nos alegraba o deprimía unos cuántos días y nos daba material de conversación y discusión eternas para bares y encuentros con amigos.  Cuando se nos henchía el pecho con sólo mencionar nuestro equipo de fútbol sin temor a estar frente a un fanático del equipo rival, quien podía pegarnos un tiro sólo por ser rivales.

Benjamín Franklin dijo que "nunca ha habido una buena guerra ni una mala paz."   
¿Y si nos proponemos hacer de cada encuentro deportivo un lugar donde nuestras pasionessean demostradas con la vehemencia de nuestra afición y el respeto por la pasión de          nuestro colega “hincha” del bando contrario?
Un abrazo grande a todos."

viernes, 11 de marzo de 2011

Números

Hoy es un día de bellos números para mí.

Es 11 Marzo 11 y cumplo 44 años.

Dicen los estudiosos de los números que tanto el 11 como el 44 son números maestros. El 11 es el que identifica al Rey, el poder detrás del trono, el sanador espritual. El 2 potenciado. Hay dos "11" este día. ¿Será doblemente real, doblemente poderoso, doblemente sanador el augurio?

El 44 es la fuerza, el dinero, la responsabilidad, la vejez. Otra vez la fuerza pero acompañada de dinero y responsabilidad. Opto por pensar sobre la responsabilidad que acarrea tener mucho dinero...

¿Y la vejez? Para mí, la vejez es un estado mental. Aunque muchos dicen que "el cuerpo también envejece", yo creo que el cuerpo madura, se hace más y más experimentado en sus funciones. Se especializa: sabe con certeza qué es lo que le causa dolor y placer, qué lo satisface o no, qué necesita y qué es puro antojo. Si sabemos escucharlo, nos sostiene, nos cobija, nos protege...siempre. Tiene una increíble capacidad de resistencia; una extraordinaria sabiduría de autocuración. Nos mantiene maduros, pero no viejos, hasta que decidamos cambiarlo por uno nuevo (y no hablo de cirugías estéticas...).

El tema son nuestros pensamientos. ¿Tenemos pensamientos afirmantes de todo lo bueno de lo que disponemos o nos dedicamos a la queja, el agobio, el rencor, la furia, el sufrimiento y la minimización de nuestra maravillosa humanidad?

Así que...sí. Estoy muy feliz. Este once del tres del once, a mis cuarenta y cuatro años he comenzado el día con los seres que amo, he recibido maravillosas sorpresas, he sido mimada con esperado e inesperado afecto de personas que están en mi vida, algunas en formas más permanente otras, en forma más transitoria.

También he decidido que "año nuevo, vida nueva". No soy original, lo sé pero, ¿acaso importa cuando voy camino a ser "una nueva persona en una vieja vida"?

Me gusta celebrar la vida.  Me gusta celebrar mi vida. Me gusta cumplir años. Me gustan mucho mis 44 años.

Hoy para mí, es un día de perdón, de soltar, de dejar ir, de amar profundamente, de merecer.

A todos los que en algún momento han compartido alguno de mis días y a aquellos que todavía la comparten, gracias. POR TODO. Porque me ayudaron -y ayudan- a crecer.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, CYNDI!
Te amo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Permanecer



La vida es efímera. La muerte, sorpresiva. El tiempo, permanente.
Somos nosotros los que estamos en tránsito.
Cada instante, cada segundo, cada inspiración abarca toda la vida. Completita. Íntegra. Colmada. Por lo tanto, tengo todo el tiempo del mundo. Todo el tiempo está abarcado en ese instante de inspiración.
Y espiración.
Valorar la vida implica tener la consciencia del presente y el valor de cada instante. Saber que hemos llegado hasta aquí componiéndonos de millones de instantes plenos que nos conforman en esto que somos, personas íntegras. Sin divisiones, sin fisiones, sin rajaduras. Será por eso que la perfección significa que somos lo que elegimos ser en cada momento, moldeándonos según nuestros pensamientos, que tienen el poder de la fusión nuclear y la velocidad de la luz.
Poderosos, sublimes, bellos. Así somos. A cada instante. Con cada inspiración.
Valorar la grandeza de construirnos en nuestro tránsito por el tiempo es una manera de valorarnos. Tomar consciencia de nuestra capacidad para ser todo lo que estamos destinados a ser, también.
Estoy agradecida a Dios, al Universo, al Poder. Por ser, por estar, por seguir permaneciendo.
Y me agradezco por seguir eligiéndome.
P.S.: TAP GI

viernes, 31 de diciembre de 2010

¡Bienvenido Presente!


31 de diciembre de 2010.
Se termina el año.
Empieza uno nuevo.
Tradiciones de balances se agolpan en mi cabeza y, aunque no tengo ganas de hacerlo, una especie de disparador automático está haciendo una lista dentro de mí con las cosas positivas y negativas.

No sé, se termina una década. O mejor dicho, empieza otra.

Vivir el presente implica descartar los balances. Lo que pasó, pasó. Ya no es. Ni será.

¿Cómo estoy ahora?

Confundida, inquieta, expectante, ansiosa, en movimiento, desconcertada, un poco enojada, solitaria pero no sola, esperanzada, a la deriva, dejándome llevar por el instante, perdida pero con rumbo, tranquila, satisfecha, añorante pero con ganas de soltar, rara.

La vida es esto en este momento para mí: la vida es la fuerza incontrolable, sin tiempo, sin espacio, que me posee y a la que debo honrar. Existe una extraña sensación de simpleza en mí en este exacto momento, de seguridad detrás de todas las turbulencias, de certeza en medio de la incertidumbre. Me siento parte de algo que me trasciende y me contiene, incluso en mi limitada humanidad.

Me asusta permanecer en este estado, pero hay un algo en mí que me empuja a permanecer. Percibo que algo revelador se me presentará permaneciendo en este estado tan humano y temporal que está invitándome a pasar el umbral de lo universal, divino e inmortal.

Mi deseo es quitarme la mochila que traigo conmigo hasta el día de hoy. Quiero empezar el año arbitrariamente cronológico ligera de peso.

Literal y metafóricamente.

Viene a mi mente una frase trillada y comercial que, sin embargo, reúne con una intensidad renovada lo que vibro en este momento:

Que la Fuerza esté contigo.


martes, 9 de noviembre de 2010

El juramento de los Horacios...o cómo estoy pensando estos días


Y llegaron los juramentos, que no son tales, excepto con nosotros mismos.

Nos juramos hacer las cosas bien.

Nos juramos no volver a hacer aquello que tanto daño hizo.

Nos juramos no volver a comenter el mismo error dos veces.

Nos juramos no volver a enamorarnos de la persona equivocada.

Nos juramos que la dieta esta vez, sí va a funcionar.

Nos juramos no dejarnos llevar por las falsas promesas.

Nos juramos tomar aquella decisión de una vez por todas.

Nos juramos vivir intensamente, porque no se sabe hasta cuándo estaremos en esta tierra.

Nos juramos vernos "sin falta".

Nos juramos estar ahí, a como dé lugar.

Nos juramos, nos juramos, nos juramos...

Y cada juramento incumplido nos carcome el cuerpo, nos taladra la cabeza, nos perfora las entrañas, nos hiere mortalmente. A veces, hasta nos mata.

Cada juramento que nos hacemos y no cumplimos nos quita satisfacción, felicidad, deseo, placer, vivencia.

Pero, por sobre todo, cada juramento nos separa del presente: el único momento válido, vital, completo, tangible, real.

Cada juramento nos aleja del perdón.

Cada juramento nos aleja del amor.

Cada juramento nos aleja de nosotros mismos.

Jurar pone a Dios como testigo, en lugar de ponerlo como protagonista. Nos negamos o afirmamos atestiguándolo frente a Dios y entonces así somos, sin dudas, sin vacilaciones. Así somos de asertivos, de decisorios, de jueces. Así de creíbles, de infalibles, de seguros.

Quiero dejar de jurarme para empezar a perdonarme, a amarme, a acercarme a mí. Quiero tomarme vacilante, indecisa, confusa, no asertiva, falible, insegura.

Quiero estar aquí, ahora, conmigo.

Y estoy segura que estando así, entonces estaré tan cerquita de Dios que no lo necesitaré como testigo.

Estaremos juntos, en la eternidad que dura este exacto momento.

sábado, 2 de octubre de 2010


2 de Octubre de 2010.

Registrar que el 23 de septiembre próximo pasado es una fecha especial para mí.

Registrar que no hace falta que nada extraordinario suceda para que suceda lo extraordinario.

Registrar que la alegría está acá, al alcance de la mano, a la distancia de un abrazo, una mirada, una sonrisa.

Registrar que no importa lo que dure el abrazo, la mirada o la sonrisa, la experiencia es. Y está para quedarse...si lo deseo. ¡Y lo deseo!

Registrar que la vida es complejamente simple o, simplemente, compleja.

Registrar mi agradecimiento, mi confusión, mi alegría, mis ganas, mis conmociones, mis temores, mis vulnerabilidades, mi confianza.

Querer. Pensar. Sentir. Experienciar.

Estoy confusamente feliz.

martes, 26 de enero de 2010

Inflexión sin bisagras

2010.

Número redondo. Número que se multiplica, se divide, se pliega y se despliega sobre sí mismo. Número que suma lo perfecto de la Trinidad y lo esparce por el Universo.

Año en el que hicimos contacto, según Clarke. No creo en las casualidades. Que este libro del año '82 haya reaparecido en mi mente hoy no puede ser coincidencia. Porque hoy estoy haciendo contacto y sé que es con la misma vida en forma energética representada por Hal 9000, David Bowman y...el monolito.

Sí. Ese mismo monolito.

Es fascinante, asombroso, intrigante y subyugador empezar a centrarme en mi eje. Me expando, me fusiono y me fisiono alternativa y contradictoriamente. Me revelo, me rebelo y todo se revela y rebela junto conmigo. Magnífico. MAGNÍfico.

Es que...¿acaso yo no soy todo?

Eso es centrarse. Eso es centrarnos. No hay límites. No existen ni las barreras ni los obstáculos. Desafío mi mente a través de mis sentidos. ¡¡¡Frenar la mente para SENTIR!!! Y ver que los desafíos me fortalecen, me enriquecen y me hacen un poquito más sabia y más humilde.

Me siento elevada, inundada de colores brillantes que trascienden los tiempos y los espacios, las curvas y los relojes de arena. Dalí podría pintar lo que estoy viendo. ¿Cómo expresar la atemporalidad de lo evidente?

Vuelvo a mi esencia. Extrañaba tanto ¡tanto! este paisaje vasto y pleno que me es familiar desde que recuerdo. El hermoso silencio que inunda mi ser.

Me siento en paz.

P.S.: quiero darle las gracias a dos Carl que han marcado profundamente mi vida: Sagan y Rogers. ¿Coincidencia? No...no creo en las coincidencias...Ahora que lo veo, ambos tenían las mismas teorías.




domingo, 1 de noviembre de 2009

Dejándome caer para elevarme



Hoy escuché el cuento que escribió una niña de 8 años y que empezaba más o menos así:
"Había un pueblo muy lejano y chiquito, donde dos gitanas estaban bailando. Eran preciosas y alegres..."

Recordé cuando mi imaginación sentía que no tenía límites. Porque aclaro, sé que no los tiene, pero a veces se siente como si los tuviera.

Las gitanas me remitieron a Hungría. Hungría me remitió a las fábulas de adivinación. Y éstas, a mis días en los que leía los cuentos ilustrados, con princesas de Oriente y príncipes valientes que cruzaban los mares para rescatar a su doncella o peleaban batallas por honor, incluso cuando sus oráculos pronosticaban derrota.

Y también me remitió a mis inicios intuitivos. Intuición, esa verdad que aparece como evidente, que se percibe íntima e instantánea y nos muestra que el razonamiento no es necesario para advertir o para comprender. Nace en nosotros, con nosotros, por nosotros. Está en la naturaleza. Pero nos dedicamos el resto de nuestra vida a acallarla, a aquietarla, a desprestigiarla, a aniquilarla o a olvidarla. Porque el razonamiento, desde Descartes, es la moneda que vale. La razón todo lo puede, incluso la existencia.

Hoy quiero adivinar, intuir, percibir íntimamente mi unión con lo incognoscible desde la mente. Hoy quiero rescatar a la doncella que siempre fui, con tiara brillante que iluminaba el camino de Oriente y mostraba su espíritu, para guía de aquellos que se animaban a ver. Hoy quiero rendirme a los encantos de la imaginación sin límites, aquella que me mece hasta que me entrego al sueño que me cuestiona si tal vez en este mismo instante, no esté imaginando que soy esta mujer que escribe que imagina que su imaginación tiene límites.

Hoy quiero soltar. Mis manos se abren, me inclino hacia atrás y comienzo a caer, flotando feliz, en un mar de incertidumbre; los ojos cerrados, la sonrisa a flor de labios, la mente liberada de sus ataduras.

Soy feliz. He vuelto.

sábado, 31 de octubre de 2009

Retornos de quienes no se fueron


Hace mucho tiempo ya que no escribo aquí.

Pero así como las circunstancias pasan, también lo hace el tiempo.

Aunque pienso que somos nosotros los que pasamos por el tiempo y no él por nosotros y que nuestro paso se encapricha en fijarse en nuestra memoria. Es suficiente un sonido, un olor o un color para que el pasado con su futuro se despliegue ante unos ojos atónitos y una sonrisa inevitable.

Hace 19 años...ayer...en el milenio pasado...¿qué importa? En este momento, en este lugar, todos mis sueños, todos mis proyectos del pasado volvieron a cobrar vida en mi pecho haciéndome vibrar. Hoy ¿hace 4 horas? ¿en mi otra vida? también me dí cuenta que yo hice vibrar a otros y que esas vibraciones permanecen resonando, activándose, resurgiendo. En ellos y en mí.

Enamorada del amor. Dice Lacan: "Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es". Supongo que, sin histeria, he dado y sigo dando aquello que no tengo a alguien que sé que no es, pero ayuda a recordarlo. Los momentos de felicidad, los instantes donde el otro también me da aquello que no tiene siendo que yo tampoco soy, se convierten en combustible que motoriza mi vida, mi vida. He decidido -tampoco sé si hoy o hace mil años- seguir ofreciendo lo que no tengo. Me hace feliz.

¡Cuánto puede verse en la oscuridad! Es sólo cuestión de abrir los ojos en la proporción justa y estar dispuestos a percibir. Recibir, sin miedo. Experimentar, curiosos. Vivir, intensamente. Es aterrador, desconcertante, confuso pero liberador. Y ser libre es lo que me hace sentir en paz con el cosmos. Me mancomuna. Me permite volver a mi origen.

El origen vuelve a remitirme al tiempo, que se me antoja elíptico. Los bordes se tocan con tal intensidad que no hay principio ni fin, sólo un continuum. En el continuum lo único que interesa es el aprendizaje para moverse con fluidez y modificar las variables. Pero los extremos, cuando se unen, estallan y es el estallido el que permite un salto dimensional.

Escucho muchísimo ruido en este momento. Un ruido ensordecedor que no me permite escuchar el afuera. Sin embargo, es un ruido fascinante, porque surge de mí, porque me vuelve a mí, porque está intentando decirme todo lo que no quise escuchar hasta ahora y está manifestándose sólido, tangible, persistente.

El ruido de todos los sonidos que no dejé escapar en su momento. Tal como dice la Biblia, hay un tiempo para todo. Y cuando los tiempos no se respetan, ellos se hacen respetar. Así pues, si no dejé hablar a esas sensaciones en su tiempo, ahora es el mismo Tiempo el que decide que deben revelarse, así con "v".

Bienvenidas sean. Aquí estoy, sin saber bien cómo ni por qué -¿acaso importa?- para recibirlas.

Atemorizada, pero confiada.

Siendo más yo misma que nunca antes.


(Esto es para vos, F.G.M., que nos acompañamos desde tiempos inmemoriales con abrazos eternos de luz. Y para vos, V.B. que sólo compartimos un instante que, hace apenas unas horas me demostraste que persiste, feliz, hasta hoy).

miércoles, 11 de febrero de 2009

Ser tierra...

Creí que cuando fuera tierra estaría enraizada sabiendo exactamente cómo me manejaría terrenalmente.

Ahora sé que sólo puedo estar en tierra firme cuando mi intelecto lo solicita, porque mi espíritu fluye libre despegándose de la superficie. O se ahonda en lo profundo del planeta, llegando al magma aún candente, iridiscente y purificador primigenio. Aunque a veces son las napas profundas de agua que se escurre veloz entre los nobles cristales desde hace miles de millones de años las que me reciben y mojan primero mis pies.

Busco la tierra cuando busco la seguridad de lo conocido, cuando aferrarme a mi historia se hace imperioso, cuando no me reconozco en el espejo y debo tocar un punto que me calibre para volver a saltar hacia el infinito. La tierra me ofrece la sabiduría de lo tangible, de lo que puede ser descubierto, de lo que no tiene misterios y, si los tiene, pueden llegar a descubrirse. Pero la tierra también alberga en sus entrañas algunos de los espíritus más nobles que necesitan descansar por un rato de su periplo por las dimensiones divinas. La tierra enlentece los enloquecedores galopes del agua, la velocidad atroz del aire o la incidiosa persistencia del fuego. La tierra modera. La tierra es lo más parecido al sentido común, con la ventaja que, al contrario de éste último, no se rige por modas, o culturas, o ideas humanas.

Hoy la tierra me llama, quiere que la recuerde, que le devuelva cosas que me hacen mal pero que ella sabe intercambiar en un diálogo inmemorial y negociador con sus tres compañeros elementos. La tierra me dará anclaje, resguardo y un cobijo seguro en mi sueño reparador.

La tierra me ayudará hoy a que me prepare para la próxima exploración hacia las profundidades del mar, la inmensidad del cielo o el enigma del fuego.

Gracias por esta manifestación de constante movimiento y vida. De eternidad e inmensidad. De pertenencia y libertad.

Ya casi estoy cerrando el círculo. No falta tanto. Y cuando ansíe, la tierra me enseñará las palabras de la espera, para saber disfrutar del toque celestial en su momento justo.

La satisfacción es mayor cuanto mayor es el deseo. Y sólo el tiempo genera mayor deseo. Cuando sea el momento y sólo entonces, tal vez la tierra me ayude a despegar con una convulsión sísmica que me obligue a separarme de ella.

Mientras tanto, a disfrutar, a sentir, a aprender.

Bienvenida a una nueva etapa.

viernes, 2 de enero de 2009

Ser aire...



Año 2009...

Apenas ayer recuerdo estar hablando con el chico que me gustaba cuando tenía 10 años en un recreo y preguntarnos "¿Qué pasará cuando llegue el año 2000? ¿Dónde estaremos? ¿Cuántos años tendremos?" y allí mismo sacar los cálculos sin equivocarnos...¡Dios! ¡Faltaba tanto!

Y aquí estamos, casi terminando la primera década del tercer milenio occidental...

Cambié algunas cosas de aquello que deseaba originalmente, ahora quiero morar en las estrellas y elevarme con todo mi ser hacia la iluminación. Es un camino arduo, largo, sin concesiones ni atajos que comencé hace ya mucho. No sé si llegaré a tiempo -¡lo mundano tiene tantas limitaciones!-. A veces siento que no logro más que subir unos pocos centímetros...pero existen instantes donde el espíritu es succionado como un tornado hacia arriba alborotado, exaltado, sorprendido y danza con un compás frenético, pero que conozco desde las vísceras, desde lo antiguo...una epifanía pareciera surgir e ir asegurándome que estoy yendo por donde debo.

En esos momentos me siento completa, satisfecha, etérea sobre el pasadizo del camino correcto hacia el lugar indicado...¡ah! ¡Qué placer supremo! Mi mente se va descongestionando de todos los avatares para visualizarlos con mayor claridad, para bañarme en el este nuevo avatar, el de la encarnación terrestre de alguna deidad...o de todas.

El Kosmos y yo somos uno solo. Alinearse a ese orden, a ese eje que me atraviesa, que me hace girar y me desplaza a voluntad es tarea fundamental, anhelada, buscada intensamente por mí.

El aire es lo que me da vida. Lo inspiro y me inspira, lo espiro y me espira y en esa diálectica sensual, ambos nos alimentamos y nos definimos, nos desdibujamos y nos aplazamos para apasionadamente volvernos viento y furia, brisa y afecto, todo y elevación.

Como es arriba, es abajo. Como es abajo, es arriba. El viento suave proviene del mar durante el día y de la tierra durante la noche y el fuego danza a su compás. El quinto elemento, el que conjuga las propiedades de estos cuatro y conforma su máximo equilibrio los exalta y los eleva hasta penetrar cada átomo con su poder primigenio.

Entonces, quiero convertirme en el éter de Pitágoras, en la Piedra Filosofal alquimista que me lleve hasta lo sublime, lo intangible, lo verdadero, la sabiduría: al interior de mí misma.

Dicen que allí, moran todos los secretos...

domingo, 7 de septiembre de 2008

Ser fuego...


La furia es una manifestación del temor.

En una situación defensiva, el temor me conmueve hasta los tuétanos y se transforma en enojo hacia mí misma, y eso me frustra, me rebela, me hace sentir impotente frente al peor enemigo que tengo: YO.

Entonces, ahora que reconozco que lo contrario al amor no es el odio sino el temor (frase maravillosa que una persona muy allegada me dijo y que atesoro en una caja de cristal mágico que no se rompe) estoy indagando en mis temores.

Y mis descubrimientos me asombran.

¡Es tan sencillo detectar, cuando uno se introspecta, a qué le tenemos miedo! Y como decía Marcel, no quiero estar libre de peligros sino que quiero el valor para afrontarlos. Reforcé también sabiendo que la paciencia es la más ¡heroica! de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroismo. Y paciencia SÉ que tengo. Así pues, ¡sí soy valiente! Sólo que ahora tengo una especie de sustento epistemológico que me cobija en mi ya sabida capacidad para enfrentar a mis demonios interiores.

Es preciso saber lo que se quiere y para eso es menester pensar-se, sentir-se, conocer-se. Se necesita tener el coraje para realizar aquello que se quiere.

Enfrentarme con mis temores me está permitiendo definir qué quiero, cómo lo quiero, cuánto y cuándo lo quiero. Por supuesto que habré de equivocarme en el camino, que cometeré errores y tropiezos, pero sólo es a mí a quien debo dar(me) explicaciones y ayudar a levantar(me), como un progenitor amoroso hace con su niño cuando cae. También puedo pedir ayuda, pero seleccionaré con cuidado a quién, porque necesito a alguien amoroso que comprenda mi vulnerabilidad, mi desnudez, mi temor a flor de piel.

Nadie puede saber lo que sucede en mi interior, salvo yo. Y ahora estoy muy enojada. Eso significa que varios temores están forjando por salir y debo escucharlos, comprenderlos, darles su lugar, amigarme con ellos. Porque me protegen, porque me dan el alerta, porque hacen que retome el curso de mi Naturaleza.

Y mientras lo logro, puedo seguir adelante de otra manera, viendo al mundo con otros ojos, más claros, más diáfanos, más míos. Porque "un cobarde es incapaz de mostrar amor, hacerlo esta reservado para los valientes.", dijo Gandhi.

Amor. Lo contrario del Temor.
Por lo tanto: cuidado. Hasta tanto la claridad se forje y se vislumbre en mi interior, le daré cabida a mi enojo, a mi furia. Ayudaré a que se manifiesten, a que liberen mis temores, a que me permitan conocerme. Perimitiré que me guíen de nuevo a mi camino perdido hace tiempo.

Me gusta estar enojada. Mucho. Y lo estoy disfrutando mientras me abro a mí misma y me descubro.

Hasta el próximo elemento...




lunes, 4 de agosto de 2008

Ser agua...


Un poco de pensamiento líquido...para la rigidez y solidificación del entorno.

O tal vez otro poco de pensamiento etéreo...algo con qué encontrarse después de mucho tiempo de no escuchar algo que mueva los cimientos del saber, pero que nos lleva a la búsqueda permanente de respuestas.

La soledad no hace más que enfatizar nuestras conversaciones internas. Últimamente, he notado que me gusta más mi soledad de lo que en general me gustaba (y esto era mucho, ¡por cierto!) pero descubrir incontables maneras de ser formando sólo una, saberse en forma simple un ser humano que camina hacia una luz particular...¡eso es bello!

Por favor, no pidan coherencia. Estoy intentando dejarme llevar por las manos y el teclado, por esos pensamientos líquidos o etéreos que hacen de mí una parte del todo, incluso cuando gusto de ver el todo antes que las partes. No sé si habrán de leerme, pero escribo, desde que recuerdo, con la íntima esperanza y el fogozo anhelo de que alguien lea lo que redacto, lo que sospecho en voz alta.

¿Hay alguien ahí?