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domingo, 5 de febrero de 2017

Verdugo

Corto. Reflexivo. Impaciente. Cuestionador. Llegando al límite.

Ser verdugo no es sencillo. Ni agradable. Mucho menos placentero. Pero a veces es el único estado posible después de que todos los comentarios, todas las observaciones, las negociaciones, las advertencias se agotan. Me enfurezco cuando agoto las instancias. Siento impotencia, frustración, ansiedad, dolor.

¿Es que acaso no soy claro cuando transmito, cuando comunico los mensajes?
¿Es que acaso cuando dicen haber comprendido no se animan a decir que no es así?
¿Es que acaso no ven, no perciben, no vislumbran las consecuencias de no sostener sus palabras, ahora vacías de supuestas intenciones nombradas?
¿Es que no se dan cuenta que esta oportunidad puede ser la última...?

Juegan en la cornisa creyendo que no soy capaz de cumplir mi palabra. Están al borde jugando con lo ya expresado.

Límite.

Mi espada se afila. La turbulencia se acrecienta. La oscuridad se cierne.

Lo lamento. En verdad lo lamento. Tal y como se los anticipé, estoy llegando.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados




sábado, 28 de marzo de 2015

Cuando las palabras se interponen - Un viaje personal (I)

1.
Hace doce años puse fin a una amistad de trece.

Mi amigo, entrañable, confidente, conocedor profundo de momentos propios y hacedor de otros compartidos, compañero de viajes por el mundo externo e interno, creyó que toda la historia juntos era suficiente para darme unilateralmente por segura, por sentada, por incondicional a cualquier costo...casi como que estar allí, en la relación, de ese modo era ya mi "obligación".

Yo, escuchando por primera vez a mi parte más honesta y cruda, creí que toda la historia juntos no alcanzaba para seguir construyendo la historia juntos. Me di cuenta que yo había permitido y me había dejado colocar en el lugar que deseaba no estar desde...siempre.

Entonces pasó. Un día él tiró mucho de la cuerda alegando que, por el momento y frente a su necesidad, pondría nuestra amistad "en el congelador".

Y yo...bueno...yo, frente a mi desconcierto y mi sentir sobre él adoptando una postura omnipotente, decidiendo por él y por mí sin consultar...decidí cortar la cuerda.

Pidió que no lo hiciera, me dijo que era algo temporario, que simplemente no tenía fuerzas para sostener solo la amistad (así lo veía él) pero que por favor no lo dejara (paradójico, ¿verdad?).

De repente, en esa muestra suya de autoridad sobre el vínculo, yo me hice del poder y aniquilé una relación que doce años después aún extraño (¿quién era la omnipotente ahora?).

Mi sorpresa, sin embargo, es darme cuenta que en verdad terminé con esta relación el jueves pasado, 26 de marzo de 2015.

Doce años después.

¿Si me arrepiento? NO. Fue una de las decisiones más sabias de mi vida. ¿Si me dolió tomar la decisión? SI, mucho. Pero esa dolorosa decisión es la misma que ahora me está mostrando brutalmente una de las creencias sobre mí misma más difíciles de desarticular.


2.
Hace un par de semanas un amigo comentó algo sobre las palabras y los recursos personales. Yo me quedé pensando en cómo las palabras han sido a lo largo de mi vida mi manera de salvaguardarme, de protegerme, al mismo tiempo que son mi maldición más inexorcisable.

Me entrampo en las palabras. Me lleno de ellas porque quedarme en silencio implica escuchar los secretos que guardo. Secretos que me fueron depositados en mi infancia, que no me pertenecen pero de los que fui nombrada albacea, fiduciaria y cancerbera sin posibilidad de decir que no quería el puesto, que no me interesaba, que el peso me hacía mal. Aunque, pensándolo bien, algunas veces lo dije a mi modo, dentro de las posibilidades que me daba mi corta edad. No fui escuchada. La sola mención generaba inquietud, rechazo, molestia en los depositantes. Entonces, sin tener claro qué hacer, pasé a silenciar todo: mis necesidades, mi enojo, mi impotencia, mi frustración, mis derechos. Pero silenciar no significó no hablar. Significó ser una buena oradora, una gran conversadora, una "parlanchina". Sólo aquel que supiera escuchar detectaría lo que las palabras en verdad estaban ocultando. Sólo aquel que supiera escuchar con mucha atención detectaría el silencio detrás de las palabras, ese silencio que es mi ser más real, el silencio que contiene mis verdaderos sentimientos, mis verdaderas emociones, mis verdaderos pensamientos. Sentimientos, emociones, pensamientos que, de tan ocultos en las palabras, ni yo misma reconozco por momentos.... Necesito de ese "aquel" para verlo, para verme. Mis palabras resguardaron el secreto camuflado entre ellas. Hablar mucho sin decir nada. Desorientar. Despistar. De tanto en tanto, decir algo en verdad importante sobre mí misma, animarme a mostrarme para, en la trampa mortal, notar que el otro no escucha...

Había perdido el derecho a ser escuchada hacía tiempo. No sabía cómo hacer para recuperarlo...

Hasta el jueves pasado, 26 de marzo de 2015.

Mil años después...


3.
Hoy, pensando en un amigo que hace casi un mes que no veo, detecto que la creencia en mí misma y mi historia están cambiando. La maldición parece ser exorcisable, las palabras pueden dejar de ser una trampa mortal, mi silencio quiere ser escuchado. Tal vez, hasta esté empezando a recorrer el camino de recuperar mi derecho a ser escuchada. Tal vez, hasta esté comenzando a optimizar el recurso de mis palabras y mis silencios, de mis obligaciones y mis derechos, de mis necesidades y mis límites.

Para ello, he decidido comenzar renunciando a mi puesto de albacea, fiduciaria y cancerbera de los secretos de mi infancia. He decidido atender a mi necesidad, a mi enojo, a mi impotencia, a mi frustración, a mis derechos. MIS DERECHOS. Esto implica que también estoy reconociendo la obligación en los DEMÁS para conmigo. Porque, al final de cuentas, vincularme con un otro implica comprometerme. Pero comprometerme no significa suicidarme inmolándome ni matar al otro, arrastrando con esa muerte toda la historia juntos. Porque vincularme con un otro implica, para mí, reciprocidad. Comprometernos juntos para vivir, no para matar o morir.

Hasta el jueves pasado, 26 de marzo de 2015, yo era una persona que no podía reconocer con claridad la implicancia del corte de mi amistad hace doce años.

Hoy, agradezco a ese amigo entrañable que haya estado en mi vida de la manera que estuvo y de la forma en que está. Miren si habrá sido buen amigo que, doce años después, me dio una mano para empezar a recuperarme a mí misma del abismo de los secretos impuestos, las palabras que camuflan y los silencios que denuncian.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados


lunes, 13 de octubre de 2014

De-significado

Se detiene abruptamente. Se siente aturdida. Su cabeza es como un lavarropas en función de centrifugado; todo va a mil revoluciones por minuto y no logra distinguir con claridad nada de lo que gira como un tornado en su mente, tratando de eyectarse. Siente la contractura en el cuello, el dolor punzante en la cabeza, el latido en sus sienes.

(¿Cómo llegué hasta aquí?)

Las voces ensordecen su razón y también su corazón. No sabe qué piensa, no sabe qué siente. Las voces no provienen del exterior, sino de su propio mundo. No sabe qué dicen, no entiende las palabras…no las entiende. Sabe que necesita callarlas para entender.

Necesita callar las palabras para entender… (¿No es eso extraño…?)



Se enfoca en el ojo del tornado, en el centro de ese lavarropas centrifugando y encuentra la serena detención de la vorágine, el vacío, el agujero que da lugar, el espacio, el no-tiempo. Encuentra la quietud, la calma, la tranquilidad, el silencio...

Allí, no hay voces, no hay sonidos, no hay palabras. La palabra parece no estar allí, no existir allí.

Pero… ¿quién es ella sin palabra? (Necesito callar las palabras para entender…).

La invade una contradictoria sensación. Si permanece allí, la paz que siente la tienta a no volver a salir al mundo (¿Para qué?). Si permanece allí, también deja de ser; ya no hay vínculo con el exterior…y tal vez tampoco con el interior de sí misma.

Ya no hay palabra que pueda ayudarla.
Necesita callar las palabras para entender…

Porque hoy, para ella, hablar es desintegrarse.

Hoy, para ella, la palabra es estar en el borde del abismo entre ser libre y querer gritar – en silencio- que alguien venga a su encuentro. Es no tener ganas de ser ella quien tenga que salir a mostrar quién es.

Es darse cuenta que, mientras la palabra la conecta con lo que es, con quién es, con cómo es, mientras la palabra es el nexo, es mostrarse, es querer ser escuchada y descubierta, para ella hoy, es blindaje, escondite, el dolor de que nadie la vea ni la descubra tal como es.

Hoy ella es silencio. Y quien sepa cómo permanecer dentro de él con ella…bueno, descubrirá todos los secretos que ella guarda. Ella está completamente expuesta y desnuda en ese silencio.

Ella sabe que allí, no tiene forma de ocultarse…

(¿Habrá alguien que quiera venir a buscarme aquí…?)


Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados