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martes, 25 de junio de 2019

A quien le quepa el sayo

Te intuyo, exhausto, en la silla de caoba. La misma silla que nos cobijó al unirnos de manera profusa, inquieta, torpe y volátil. Tus ojos están entrecerrados, llevándote a un mundo inútil de vestigios egocéntricos. La película que pasa ante ellos es la más absurda de las comedias trágicas.

Estás perturbadoramente presente en las napas salinas de mi mente. No logro entender tu encanto. La simplicidad no es tu característica prístina y tu complejidad es una cáscara quebradiza de hipocresía. Vestirte como un hombre común no disfraza tu contorno bizarro, plagado de mentiras facetadas. Brillan tanto -tus mentiras- que el destello enceguece de aversión hasta al taimado más hábil.

Ser un títere en tu propia historia no te convierte en el protagonista. Ni en un personaje secundario. Ni siquiera las manos que mueven los hilos guardan armonía o proporción con el argumento chiquito y trivial de tu historia inmóvil. Pasar inadvertido como un helecho en un vivero es tu rara cualidad. Se vuelve más rara cuando, al hablar, decís que sos el rey de las plantas.

Qué espontáneamente arbitraria es tu postura inflexible, tu autoridad de juguete, tu presencia digitada por el fango pestilente de tu recorrido hacia la nada. Mostrarte común, corriente, ordinario no disminuye el color opaco de tus vetas. Tan corriente sos que nada de vos resalta ni siquiera por sustracción. Ni siquiera sos ausencia.

La madeja anaranjada de tu gato rueda cerca de la silla de caoba, una nota sorpresiva de color y vitalidad a la escena monótona de tu existencia.

Y pensar que vos también estás acá con un fin...

Cyndi Viscellino Huergo ©Todos los derechos reservados

domingo, 11 de junio de 2017

Desenlaces

Existen personas significativas en mi vida, ¡por supuesto! Ellas saben de su significado en mis días. Me encargo de hacérselos saber con palabras, gestos, presencia, incluso a la distancia.

Desde hace un par de semanas estoy descubriendo algunas de mis actuales expectativas e ilusiones que involucran a esas personas.

Genero una expectativa cada vez que espero algo de alguna de esos seres significativos. El hecho de que cada vez tengo menos expectativas con menos personas me lleva a fluir más tranquilamente en las aguas de los vínculos. Sin embargo, las expectativas que aún construyo, aunque en menor cantidad, siguen siendo intensas, importantes, inútiles...Sobre todo inútiles, porque ese alguien no tiene por qué responder según lo que yo espero de él o ella, claro.

Cuando mi expectativa no se cumple, me decepciono, enojándome.

En otras oportunidades, una parte en mí confía en que esa persona significativa puede llegar a accionar de una forma posible para él ó ella, más allá de cuán probable o improbablemente lo haga, más allá de lo que yo espere o no. Cuando ese alguien significativo no actúa, acciona y/o responde de la manera en que creo posible para sí, me desilusiono, conectándome con la tristeza. La tristeza de observar que aquello que está en potencia en esa persona para su desarrollo, no despliega. 

Varios de mis vínculos están bajo mi atenta revisión en estos momentos.

En mi mundo personal, con mi diccionario personal, me estoy dando cuenta en estos días que estoy sintiéndome decepcionada y desilusionada, enojada y triste. Y, también en mi mundo, estar así es transitar peldaños diferentes de algunos de mis duelos por desenlaces, terminaciones, finales.

Ahora bien, como estoy hablando de vínculos, hay momentos en los que intuyo que tal vez estos finales son temporarios, reversibles, salvables (¡nueva expectativa!) y por ello, no son finales. Encuentro una mayor probabilidad de que estas situaciones cambien cuando aún estoy sintiéndome decepcionada ya que sé que las expectativas son sólo mías, asumiendo el grado de responsabilidad que me corresponde para cambiar mi actitud y así resignificar lo que está sucediendo en la relación.

Pero cuando lo que siento es desilusión, darme cuenta de que la persona no está pudiendo y/o queriendo cambiar algo de su manera de vincularse, la tristeza me invita a seguir adelante con mi vida...sin ese vínculo. Tal vez por eso mi actitud empieza a ser distante, incluso puede considerarse fría e indiferente, pero en verdad estoy habitando el desapego. Es, para mí, el inicio del des-enlace.


Confieso que esto tiene muchas más vueltas de tuerca, algo que no estoy teniendo ganas de explayar en este escrito. ¡Me resulta tan fácil construir laberintos en tres dimensiones!

Encontrar esta claridad en mis pensamientos, emociones, sensaciones, sentimientos y actitudes no es algo menor para mí. Tanto así, que decido escribirlo y compartirlo con ustedes.

Sin expectativas aunque con ilusión.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

viernes, 2 de septiembre de 2016

Frustración en mis universos

Comencé el día con una profunda sensación de frustración.

Durante la noche, en mis sueños, todos mis intentos por alcanzar lo que deseaba se veían malogrados. Mis propósitos, mis intenciones, eran dejados sin efecto o alguien se cruzaba en mi camino y, sin saberlo siquiera, se encargaba de privarme de aquello que tanto anhelaba.

Ya en mi estado de vigilia (me pregunto si es en su acepción de abstinencia...) estoy terminando el día sintiéndome de la misma manera. La frustración parece una puerta que da rienda suelta a mi enojo, a mi impotencia, a mis limitaciones y también a las limitaciones que el entorno presenta y me exceden. Esas variables que escapan de mi control.

Algunas personas suelen llamar a esas variables "vida". 

Entonces aparece alguien que me dice que no me frustre. ¡Ojalá fuese así de fácil!

Hoy mi día, mi vida, tanto en sueño como en vigilia, se me presentan frustrantes.

Decido desde temprano no resistirme y entregarme a la sorpresa que las variables pueden presentarme. Algo de esa frustración efectivamente se disipa, pero no significa que desaparece. Ni bien recuerdo los propósitos coartados, las intenciones que quedan en eso, sólo intenciones, la imposibilidad de concreción de mis deseos...¡zas! cachetazo al alma, contacto con el entorno, revisión de mis caminos.

¿Adónde estoy yendo así?
¿Qué es lo que estoy aspirando lograr?
¿Qué, quién o quiénes, cómo y por qué impiden que lo logre? Porque, sépanlo: hay rostros, situaciones, circunstancias y detalles concretos que pueden responder a esas preguntas...

Y también estoy yo, respondiéndome que lo que siento no lo elijo. Siento lo que siento y ya. Es verdad, puedo modificarlo una vez que lo identifico, pero identificarlo no me está ayudando hoy a transformarlo en otra cosa más allá de lo que es. 

Un cartelito muy "new age" se enciende en mi mente diciéndome que "si me lo propongo, todo lo logro".
Ok. Lo creo. Lo sé.
Pero no hoy.
Hoy me siento FRUS-TRA-DA.

Es interesante cómo esta emoción me ayuda a darme cuenta que tengo ganas de generar cambios sustanciales. Una forma de salir del enojo que me genero con la impotencia es moviéndome hacia otros lugares de mi existencia. "Si por este lado no puedo, seguro podré por otro."

No es lo mismo, lo sé, pero ¿qué importa? Ese cambio de rumbo puede ser uno de los puntos de inflexión de mi vida.

¿Les ha pasado de tener un punto de inflexión, una decisión que cambió el rumbo de sus vidas?

A mí sí. Por ejemplo (tomen aire...): en un momento de mi vida decidí que mientras estaba en espera de continuar con una materia en mi carrera de medicina, haría un curso de secretaria ejecutiva para no "perder el tiempo mientras tanto". Ese curso cambió el curso de mi vida: me conectó con alguien en el marketing bancario que me dió experiencia dentro el marketing que me abrió las puertas en la industria farmacéutica que posibilitó que me dedicara a los negocios y me desarrollara en áreas relacionadas que me llevaron a conocer a la persona que habría de susurrarme al oído por primera vez el nombre de la carrera que terminé siguiendo diecisiete años después, la cual me traería hasta este exacto momento.

En otra oportunidad decidí no irme a España para quedarme a desarrollar una potencial carrera profesional en el país, lo que me permitió estar cerca de mi madre en el momento de su repentina enfermedad y muerte.

O como cuando "me dejé convencer" de acompañar a la novia de un amigo a un viaje que yo no quería realizar, hace veintiún años, donde empezó la relación con quien hoy es mi pareja.

Me pregunto qué estaré haciendo en dimensiones paralelas a esta, en esas en las que las decisiones que tomé fueron no hacer el curso de secretaria, irme a España y/o no ir al viaje no deseado.


Pero sin importar qué estoy haciendo en esos mundos, sé que también hay días en los que, como hoy, siento una profunda frustración, tanto en mis sueños como en mi vigilia.

Porque de una u otra manera, no puedo recalibrar el compás de mi brújula sin días como el de hoy.

Estoy segura que estoy a punto de dar otro giro que marcará un nuevo punto de inflexión en mi existencia.

Al menos en esta dimensión, la misma en la que sus propias decisiones los han traido a estar leyendo esto que, aunque no sea memorable, original, interesante o sumatorio para ninguno de ustedes, al menos me está ayudando a no sentirme frustrada en mi intento de escribirlo.

Y porque en días como hoy siento que todas las Cyndis de todas las dimensiones y multiversos terminan confluyendo al permitirse sentir.

Así que...¿saben qué? Voy a seguir sintiéndome frustrada. Después de todo, parece que hoy es el día ideal para una hermosa reunión conmigo misma desde todos los rincones de mis existencias.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

jueves, 18 de junio de 2015

Aprendiendo a ser un poquitito más congruente...

¿Quién dijo que es fácil?
Es simple pero no es fácil, al menos para mí...
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El 13 de junio, en mi cuenta de Twitter, posteé una frase que surgió en mí luego de una experiencia puntual de ese día.

Decía:

"Hoy llegué a mi frontera final.
Más allá, no hay significado, ni misión, sólo la nada.
Bienvenida la exploración del vacío."

 
En la última semana y media he hecho un recorrido que me llevó a los límites de mi existencia. El sábado contacté por ¿primera? vez con la idea de no tener significado en mi vida. Repito: no tener significado EN mi vida. No hablo de sentido. Hablo de significado, ser signo por cualidad o circunstancia.

De pronto, me di cuenta que yo vivenciaba mi existencia de acuerdo a un funcionamiento. Soy aquella que funciona con un significado, no un ser que existe con un sentido. Existo en tanto funciono, no existo en cuanto soy.

Como si fuera poco, descubrí en un golpe directo y certero que mi significado había sido designado por otros cuando yo era pequeña en función de lo que necesitaban de mí. ¿Y cuál era esa función? Restaurar el equilibrio del entorno.

Dicho así puede sonar soberbio y ambicioso. Vivenciado desde niña como una obligación que exigía cumplirla a rajatabla, terminó convirtiéndose en una necesidad vital, en una no-opción, en una prohibición -a veces expresa claramente- de no ser yo misma. En verdad fue un peso terrible, una carga no deseada, llena de dolor, de miedo, de inadecuación, de impertinencia, de rebeldía encubierta, de sumisión, de sobre-adaptación, de vergüenza...

Llena de enojo.

El enojo no es un tema "nuevo" en mis escritos, sin embargo es un tema que viene instalándose, mostrándose, revelándose desde hace no mucho tiempo. Descubrí que mi significado, mi manera de funcionar en el mundo, dependía casi exclusivamente de que yo no me enojara. Porque si me enojaba, el balance y el equilibrio que me fueron asignados a ser sostenidos y preservados por mí se perdían.

El sábado contacté con esta, mi brutal realidad. Fue como una película de horror con destripamientos y sangre, fue darme cuenta de que esa que yo creía que era no solamente no era sino que, además, no la había elegido yo. Y, peor aún, darme cuenta que ni siquiera había tenido la libertad para elegirme y sentir lo que siento (mientras escribo esto me siento en un loop interminable...).

En medio de esto, mil recuerdos empezaron a agolparse, a aparecer sin siquiera saber que todavía estaban allí. Mis células comenzaron a vibrar con percepciones de ser considerada "poco genuina o falsa" por seres significativos para mí, temiendo que pensaran que yo era "invasiva", "inadecuada", "falta de respeto", "no merecedora de confianza" y mil calificativos más que me sumergían en la soledad y me llevaban a los confines de la auto-exclusión. 

Si sentía algo "propio", era inapropiado porque aprendí que sólo lo que otros me decían que debía sentir -en función de sus necesidades- es lo que podía sentir. Imagínense descubrir que puedo sentir mucho más de lo que me dijeron que podía y, encima, ¡no debería sentir eso! Uuufff...

A pesar de ellos y sus necesidades de "mi" funcionamiento, a lo largo de los años estoy aprendiendo a recuperar mi libertad. De a pasitos. A veces caigo en eso de "dos para adelante y uno para atrás". Pero avanzo.

Hoy me encuentro que enojarme es un paso más en dirección a mi libertad.

¿Y lo mejor? Que el equilibrio del entorno, de los otros, del mundo...¡no depende de mí! Yo aporto a equilibrio del entorno siendo más consciente de mí, más integrada en mi experiencia, dándole mi sentido a mi existencia, siendo más genuina conmigo misma, respetándome, cuidándome, dándome valor, sabiendo que soy alguien que a veces tiene un significado que también estoy aprendiendo a elegir; que mi significado no es mi sentido, que tengo la libertad para cambiar de sentidos y de significados...¡y que sigo siendo! ¡Incluso cuando me enojo!

Sigo existiendo. Porque existir significa aparecer, emerger, ser...tomar posición hacia afuera.

Así pues, esta soy, aquí estoy.

Felizmente enojada.

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

miércoles, 18 de junio de 2014

Sshh...¡de esto no se habla! (De la furia, el caos, el enojo y el duelo)

Las Furias Griegas, en la mitología, nacieron de la noche y trataban de restablecer el orden perdido.
Siendo una noche de luna llena en el distrito federal de este país del Sur del planeta, estoy furiosa

El Caos está instalado en mi interior desde hace al menos una semana. (Quedo resonando con la palabra "caos": lo que existe antes que todo, ese "espacio que abre"...). 

Las causas de mi furia son múltiples y ancestrales, pero creo que puedo resumirlas en un par que detecto en este momento: ser traicionada y mis muertes sistemáticas.

Bueno, tal vez y sólo tal vez, hablo metafóricamente de mis muertes...o no. 

Descubrí que he muerto de muchas maneras: una vez morí de amor; otra vez morí de pena; en otra oportunidad, morí de soledad. También morí de abandono; morí de decepción. Morí de hastío. Morí de hartazgo. Y una vez, morí de inocencia.

Hace no mucho tiempo y repentinamente, descubrí que me sometía a morir sistemáticamente cada vez que alguien lo requería. Si mis pares necesitaban que alguien se inmolara ahí estaba yo, disponible y dispuesta.
Solía transitar por mi vida sintiendo que yo era la única responsable de todo -o casi todo- de lo que pasaba en mi mundo.

Hubo un momento en mi historia en la que fui ofrecida al sacrificio sin alternativa y sin ser la responsable del motivo de mi muerte. Ese momento coincide con uno en el que yo aún no tenía opción, ni elección, ni posibilidad. Ni siquiera sabía que existía una. Era pequeña y otros decidían por mí. 

Existió, sin embargo, otro momento en el que noté que, incluso cuando yo decidía y elegía no sacrificarme, era traicionada por mis pares. Desde mi percepción y, en otras palabras, esto es lo más parecido a ser la persona sacrificable del conjunto.

Esto me lleva a otro punto: el heroísmo. Se supone que los héroes son aquellos que, de manera abnegada, realizan actos extraordinarios, mostrando un eminente esfuerzo de voluntad. Frecuentemente, los actos heroicos suelen ser al servicio de alguien más, son altruistas. El héroe prioriza el bien ajeno a costa del propio. Aquí encuentro una trampa mortal: el heroísmo puede ser un lugar seductor, especialmente si nuestro acto heroico responde a la idea de que alguien más nos lo pide, con la promesa de convertirnos en "inmortales" (¡nuevamente la paradoja!) si damos la vida por ese alguien. En nuestro heroísmo está la promesa de ser aceptados, admirados, amados, respetados. No estoy hablando de la inmortalidad religiosa y/o espiritual, porque esa tiene un sentido de eternidad que la inmortalidad a la que me refiero no posee.

Cambiar la propia vida por la promesa de ser inmortales, según el otro

En mis muertes sistemáticas (repito esta última palabra porque esas muertes proceden de ciertos principios rígidos de mí) en algún momento me encontraba en el punto en donde para que todo el equipo, el grupo, el/ los otro/s saliera/n airoso/s de situaciones apremiantes, yo daba mi vida: laboral, personal, profesional, vincular.

Es que, ¿saben? yo soy una persona "fuerte", yo me "la banco", yo "resucito"... 

Pero tal parece que, al igual que en el dicho sobre el gato, al cabo de varias vidas perdidas me queda sólo una restante. 

Me doy cuenta que ahora la decisión sobre si me inmolo, si me sacrifico, si me convierto en heroína o si me hago responsable de todo -o casi todo- es completamente mía. Hay en este acto de responsabilizarme una maravillosa sensación de libertad.

Pero también hay miedo. Intenso. Interminable. Paralizante. Pararme frente a mis verdugos, enfrentarlos y decirles que ya no soy una víctima disponible ni dispuesta, que sólo elijo hacerme responsable de lo mío, que si el precio para que me respeten, me amen y me consideren es mi propia muerte (cosa que ya no me interesa en lo más mínimo), es aterrador.

Tuve que armarme de mucho coraje. Me llevó un largo tiempo juntar el valor necesario (al menos a mí me pareció un tiempo largo). Por momentos creí que no podría hacerlo; no sabía cómo. Me faltó el aire (a veces todavía me falta), me ahogué, apenas salía mi voz. Pero me queda una sola vida y si la apreciación y valoración de mi persona me esclaviza, no parece ser dada desde el amor sino desde la limitación.

Entonces pude. Lo hice. Los miré de frente y les dije: "Ya no más."

Profundo, prístino alivio. Una gran alegría. Sensaciones majestuosas, brillantes, ¡nuevas!

Dicen que no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Yo valoré lo que no tenía cuando lo recuperé: el Poder, MI poder. "Poder" como potencialidad, como personal habilidad para ser yo misma, sin necesidad de sacrificarme por nadie, responsabilizándome de mí misma, siendo libre. 

Dar ese paso aliviador es sólo el comienzo, sin embargo. Ahora estoy transitando el camino del caos, de la sensación de estar perdida, casi en estrés post-traumático. Necesito reconocer esta nueva persona que estoy siendo.

En este reconocimiento además de la sensación de alivio, de libertad, de felicidad, también hay enojo, tan intenso e interminable como el miedo inicial; un enojo que por momentos se transforma en furia.

Así estoy hoy, siendo una noche de luna llena en el distrito federal de este país del Sur del planeta. Furiosa.

Y si las Furias Griegas trataban de restablecer el orden perdido, parece que este es el camino para restablecer ni propio orden, mi propia vida, mi propio ser una vez que atraviese mi caos personal.

Estoy duelando: una antigua yo acaba de morir.

Y en lugar de estar triste y llorando, estoy feliz y aliviada. También estoy desconcertada y enojada. Enojadísima, como ya se habrán dado cuenta. Este es mi propio duelo, distinto y personal. Disfruto de contactar con mi enojo, mi ira, mis furias. Siento que darles cabida es sanador.

Y de pronto un par de personas por allí me están diciendo:"¡¡¡Ssshhh...!!! ¡¡¡De esto no se habla!!!"

No vaya a ser cosa que contacte con mi humanidad y no sea tan buena como parezco...

Cyndi Viscellino Huergo ®Todos los derechos reservados

Escultura: "Lacoonte y sus hijos", Ribera - Museo del Prado